La Tierra está en línea – Capítulo 152: Corazones de polizón, especialmente buenos con vino~

Traducido por Shisai

Editado por Shiro


Las palabras de la Torre Negra cesaron y los gatos negros del castillo parecieron entrar en pánico. En un instante, se dispersaron en todas direcciones; el movimiento fue tan repentino que Tang Mo y los suyos no tuvieron tiempo de reaccionar. Los felinos se filtraron por cada rincón de la fortaleza y sus maullidos se superpusieron desde todos los ángulos, creando un estruendo envolvente que se clavaba en los oídos de los jugadores.

El mayordomo, rígido como un autómata, se inclinó ante los cinco y caminó en silencio hacia la puerta. Una vez allí, permaneció inmóvil, como si ni siquiera respirara. Desde la oscuridad, pares de ojos verdes se deslizaban furtivamente, observando a los humanos desconocidos. Tang Mo recorrió el salón con la mirada y preguntó:

—¿Entonces solo tenemos que buscar al gato dentro del castillo?

El mayordomo mantuvo la cabeza gacha.

—No está permitido entrar en las zonas donde la entrada está prohibida.

Li Miaomiao se volvió con la intención de interrogarlo sobre Schrödinger y su gato. Sin embargo, el hombre se limitó a repetir la misma frase una y otra vez, sin la menor variación. Tang Mo lo observó un instante y propuso:

—Entonces, busquemos al gato.

El interior de la fortaleza estaba sumido en la penumbra. La luz carmesí de la luna se filtraba por los ventanales, dibujando apenas los contornos de la estancia, mientras el mayordomo permanecía como una estatua junto a la entrada.  Al contar solo con dos linternas, el grupo se dividió: Tang Mo y Li Miaomiao se encargarían de la primera planta, mientras que el equipo de Fu Wenduo revisaría el nivel inferior

Tang Mo encendió su linterna para examinar el lugar con calma. Dos largos pasillos nacían del rellano, cruzándose en ángulo recto y prolongándose hacia ambos lados. A lo largo de los corredores se alineaban puertas idénticas de forma simétrica; la luz lunar caía sobre ellas, otorgándoles un brillo metálico opaco.

Li Miaomiao se acercó a una de las puertas y presionó el picaporte con cautela. Tang Mo aferró el mango de su pequeña sombrilla, alerta, mientras alerta. Presionó con fuerza.

—¿Eh? ¿Está bloqueada?

Así era: la puerta estaba cerrada con llave.

Ambos se separaron para probar los demás accesos por su cuenta. HAunque todas las puertas estaban cerradas, pronto descubrieron que solo diez permanecían con llave, mientras que las otras nueve podían abrirse. En el momento en que Li Miaomiao intentó forzar una de las cerraduras, resonó la voz infantil de la Torre Negra:

¡Ding, dong! La Fortaleza de Acero de Schrödinger contiene habitaciones cerradas que guardan los tesoros de Schrödinger. Se necesita una llave para abrirlas.

Si la Torre Negra dictaminaba que no podían abrirse, no había forma de lograrlo. Li Miaomiao desistió y retiró las manos.

Mientras inspeccionaban las puertas restantes, más de una docena de felinos pasaron fugazmente junto a ellos. La doctora intentó atraparlos en varias ocasiones, pero Tang Mo la detuvo. Ella lo miró, desconcertada.

—Estamos buscando al gato de Schrödinger. ¿No deberíamos examinarlos?

Tang Mo no respondió. Entró en una habitación vacía y la registró con detenimiento. En una esquina encontró a dos ejemplares negros que, en cuanto vieron a los humanos, se dieron la vuelta para huir. Li Miaomiao fue más rápida; aunque no destacaba por su fuerza, había superado el segundo piso de la Torre Negra y no carecía de agilidad. Alcanzó a ambos sin dificultad y, al notar la suciedad en sus patas, frunció el ceño con decepción.

—La segunda regla dice que al señor Gato le encanta la limpieza —señaló—. Estos dos no pueden ser él.

Tang Mo la observó fijamente.

—Hay dos gatos.

Ella no comprendió de inmediato.

—¿Qué?

—Primera regla: Schrödinger solo mantiene un gato. Segunda regla: ese gato ama la limpieza y es  extremadamente antisocial.

Tras unos segundos de silencio, Li Miaomiao asimiló las palabras.

—¿Eh? ¿Quieres decir que, si vemos a más de un gato juntos, descartamos que sea el de Schrödinger? Pero todos parecen iguales. Si él solo tiene uno, ¿significa que su gato es distinto al resto?

Nadie sabía la respuesta. Según la conjetura de Tang Mo, el animal debía cumplir al menos dos condiciones: ser solitario y estar extremadamente limpio. Además, cada tres horas aparecería alimento en el castillo y los felinos, por naturaleza, se sentirían atraídos por él.

—Podemos usar la comida para atraerlo —sugirió la doctora.

Sin embargo, antes de eso debían aprovechar el tiempo para buscarlo por su cuenta.

Tang Mo se agachó y tomó a uno de los ejemplares del rincón para examinar su pelaje. Al notar una mancha marrón en sus patas, similar al chocolate, lo dejó suavemente en el suelo y continuó con el siguiente. La primera planta era, aproximadamente, la mitad de grande que el nivel inferior. Tras una hora, ambos habían revisado a todos los gatos de las habitaciones, así como a los que se ocultaban en los rincones más recónditos.

Tang Mo avanzaba por el último pasillo cuando, repentinamente, se detuvo. Su mano derecha se deslizó hacia un jarrón de cuello alto; un chillido agudo rasgó el aire y un pequeño gato negro fue extraído de su interior. Al verse atrapado, el animal gritó con estridencia, inundando la fortaleza con su maullido áspero. Tras revisar sus patas, lo soltó.

Li Miaomiao observó la espalda del joven durante un largo rato hasta que, finalmente, no pudo contenerse:

—Pensé que te asociarías con Fu Wenduo en lugar de conmigo.

Guiada por su agudo instinto, percibió que él no había tomado esa decisión al azar. Lo miró con cautela, aguardando una respuesta.

—¿Pasa algo?

Tang Mo se detuvo y se giró para encararla. Al notar su expresión de alerta, alzó una ceja con un matiz provocador.

—¿Crees que intento deshacerme de ti?

La doctora guardó silencio. Aunque él y Fu Wenduo eran compañeros, Tang Mo no había solicitado formar equipo con él en ningún momento, ni al buscar la salida del bosque ni al rastrear al gato de Schrödinger. Era inevitable que sospechara. No creía que el joven fuera a aprovechar la situación para eliminarla, pero era incapaz de hallar otra explicación lógica.

—¿Qué opinas de Grecia?

Li Miaomiao, absorta en descifrar las intenciones de su acompañante, tardó un instante en reaccionar.

—¿Eh? —Tras procesar la pregunta, añadió—: ¿El extranjero mestizo? Parece… un poco raro. Su vestimenta es excéntrica y habla de forma extraña. Eso de «milady», «caballero»… —De pronto, cayó en la cuenta—. Espera, ¿sospechas que no es de fiar?

—Es muy fuerte —afirmó Tang Mo.

Li Miaomiao reflexionó unos segundos antes de comprender el alcance de sus palabras. Grecia era, en efecto, un individuo excepcionalmente poderoso. Poco antes, cuando Zhao Xiaofei resbaló del poste de acero, Fu Wenduo apenas comenzaba a reaccionar cuando el extranjero ya había ascendido a toda velocidad para atraparla. Aunque la doctora no presenció el inicio de la escena, sí vio a Grecia sujetarse al poste con una sola mano mientras sostenía a la mujer con la otra, subiendo decenas de metros con una facilidad desconcertante.

—En ciertos aspectos, su fuerza no es inferior a la de Victor… incluso podría superarla —continuó Tang Mo, usando el seudónimo de su compañero—. Victor es un soldado de élite y se le da muy bien escalar. Cuando subió, observé con atención su postura y velocidad; trepaba con técnica y soltura. Pero Grecia… —Hizo una pausa buscando el término preciso—. No parecía que estuviera escalando, sino caminando.

—¿Caminando?

—La gravedad que nos ata al suelo no parece afectarle —explicó—. Por supuesto, esto podría ser simplemente el efecto de su habilidad.

Ambos conocían bien ese tipo de poder; la habilidad de Ruan Wangshu consistía, precisamente, en la supresión gravitatoria. Li Miaomiao lo comprendió al fin:

—¿Por eso dejaste que Fu… Victor se uniera a ese grupo? ¿Para vigilarlo?

Él continuó avanzando, con el haz de la linterna cortando la oscuridad.

—Si Grecia intenta algo repentino, Victor estará en la mejor posición para someterlo.

En caso de necesidad, Fu Wenduo era el único con probabilidades reales de neutralizarlo.

A Li Miaomiao se le cortó la respiración por un instante. Comprendió que, conforme un juego de la Torre Negra progresaba, las alianzas se volvían cada vez más frágiles, especialmente en un juego de ataque a la torre. No todos los jugadores pertenecían al mismo piso ni compartían misiones idénticas. Los beneficios comunes podían unirlos temporalmente, pero los intereses contrapuestos bastaban para empujarlos a matarse entre sí.

Sin decir nada más, continuó atrapando felinos. Cada vez que confirmaban que no se trataba del gato de Schrödinger, cortaban un pequeño mechón de pelo de la pata trasera como marca de identificación.

El tiempo transcurrió con lentitud. Dos horas después, los grupos se reunieron en el vestíbulo de la planta baja. En el silencio vacuo del recinto, se oía con regularidad el sonido de las colisiones metálicas provenientes del bosque de acero que se extendía tras los ventanales. Tang Mo miró a Fu Wenduo, quien negó con la cabeza sin apartar la vista de Grecia.

En el centro de la estancia, el hombre rubio vestido de rojo sostenía un bastón corto en su mano derecha, mientras un diminuto gato negro se enroscaba en su muñeca izquierda. Grecia notó que Tang Mo y la doctora lo observaban y alzó la cabeza con una sonrisa.

—No sé por qué, pero esta pequeña preciosidad no deja de seguirme —dijo mientras extendía un dedo. El gatito abrió la boca y le mordisqueó con suavidad; más que un ataque, parecía un lametón. Luego entrecerró los ojos, complacido—. Como caballero, jamás rechazaría una invitación de una dama. Y menos de una tan adorable.

Zhao Xiaofei ignoró por completo al excéntrico sujeto y se concentró en discutir la situación con el resto:

—Hemos revisado noventa y siete ejemplares y no hay rastro del gato de Schrödinger.

—Nosotros, ochenta y seis —respondió Li Miaomiao.

La expresión de Zhao Xiaofei se ensombreció. En tres horas habían examinado un total de ciento ochenta y tres felinos sin éxito. Anteriormente, habían avistado entre cuatrocientos y quinientos solo en el vestíbulo; a ese ritmo, necesitarían al menos otras seis horas, y eso siendo optimistas. Cuantos menos quedaran por localizar, más lento y tedioso se volvería el proceso.

—La Torre Negra no ha fijado un límite de tiempo para esta misión —señaló ella con gravedad—, pero presiento que no podemos buscar sin rumbo. Debemos encontrarlo cuanto antes.

Todos asintieron. Tang Mo estaba a punto de intervenir cuando, de repente, alzó la cabeza y miró hacia el exterior. Al mismo tiempo, Fu Wenduo y Grecia también dirigieron la vista a las ventanas. Un segundo después, un extraño estruendo metálico resonó desde fuera. Tang Mo intercambió una mirada con Fu Wenduo y ambos se dirigieron rápidamente al jardín a través de una puerta lateral.

Li Miaomiao y los demás los siguieron de inmediato. En cuanto divisaron la figura que se acercaba a lo lejos, los cinco se quedaron inmóviles.

—Oh, ¿hoy toca comer polizones?

»El corazón de un polizón es especialmente sabroso.

»El hígado de polizón, frito, no resulta nada grasiento.

»Los muslos de polizón son firmes y elásticos.

»¡Ah! Mi querido señor Schrödinger, ¿ha comido polizones hoy?

Aquella canción grotesca resonaba en la distancia. Un anciano delgado y desaliñado avanzaba dando tumbos hacia el castillo, sosteniendo una botella de vino de banana. Bebía a grandes tragos, eructando de forma intermitente. Sus zapatos de hierro golpeaban la plataforma metálica, produciendo un estrépito discordante. Se balanceaba de un lado a otro, con los ojos turbios inyectados en avidez y deseo.

Al entrar en el jardín, se dirigió al centro y sacó un cuenco. De su manga extrajo una bolsa de plástico De su manga extrajo y vertió de ella una masa negra y sólida. Un hedor a excremento se propagó al instante por todo el lugar.

La pestilencia era tan nauseabunda que resultaba casi tangible, como si el aire se hubiera teñido de un tono amarillento. Zhao Xiaofei se cubrió la boca, al borde del vómito. Los ojos de Grecia se entrecerraron y su sonrisa se desvaneció por completo. Li Miaomiao, en cambio, se mantuvo relativamente serena; antes de que la Tierra se conectara, su carrera como cirujana la había acostumbrado a lidiar con escenas mucho peores.

Tang Mo no pudo contener la náusea; los labios se le tensaron y los dedos se le crisparon. De pronto, una mano cálida apareció frente a a su rostro. Sobresaltado, giró la cabeza: Fu Wenduo lo observaba con la mirada baja mientras le cubría la nariz y la boca con la palma derecha. El joven aspiró con cautela y percibió un sutil aroma a limón.

Antes de entrar en el juego de ataque a la torre, habían encontrado una casa donde asearse.

¿Aquel gel de ducha no olía, precisamente, a limón?

Ese recuerdo cruzó fugazmente la mente de Tang Mo.

Sentía el calor de la mano muy cerca de su piel. Recuperó la compostura y amagó con alzar la suya para apartarla, pero finalmente la bajó. Inesperadamente, permitió que el contacto permaneciera. Zhao Xiaofei y Grecia, situados delante, no podían ver lo que ocurría a sus espaldas. Tras un momento con el rostro cubierto, los labios de Tang Mo se curvaron en una sonrisa silenciosa.

Fu Wenduo lo miró interrogante: ¿Estás bien?

Tang Mo asintió levemente: Estoy bien.

El tiempo transcurrió y el hedor comenzó a disiparse; tras tres minutos, todos se habían habituado a la pestilencia. Fu Wenduo retiró la mano del rostro de Tang Mo, haciéndolo con una sutil pizca de pesar.

El anciano, envuelto en harapos, se sentó en el suelo con el cuenco a su lado. Retomó a pleno pulmón su «canción del polizón», delirando sobre devorar carne humana. Al terminar, sonrió y aspiró el aire, olfateando con avidez. Sus ojos codiciosos recorrieron a Fu Wenduo y a Li Miaomiao antes de exclamar:

—¡Comida de gato de primera clase, con certificación real del Reino Subterráneo! ¡La favorita del gato de Schrödinger. ¿Alguien quiere comprar?

—¿Cómo se compra? —preguntó Zhao Xiaofei.

—¿Cómo? ¡Oh, venerable señor Schrödinger! ¿Acaso queda alguien en el mundo que no sepa cómo comprar adquirir este manjar? —El viejo exageró el gesto y, de pronto, soltó una carcajada—. ¿Cómo se compra? ¡Pues con polizones! ¡Un polizón por casa cuenco de comida para gato!

Tang Mo lo observó con frialdad.

—¿Y si no tenemos con qué pagar?

—¡¿Que no tienen?! —el anciano bramó, enfurecido—. ¡Humanos desvergonzados! ¿Pretenden llevarse el alimento sin pagar? ¡Sin moneda no hay trato! ¡Se los digo claro: ni un solo cuenco! ¡Teniendo a dos polizones aquí mismo y se atreven a pedirme comida gratis! ¡Ni hablar!

¡Había dos polizones entre allí!

La mirada afilada de Zhao Xiaofei barrió al grupo de inmediato.

—¿No hay otra manera? —insistió Tang Mo.

El viejo se incorporó de un salto y respondió, airado:

—¡No!

—Sí la hay.

Todos se volvieron al mismo tiempo hacia Fu Wenduo. Bajo la luz de la luna roja, el hombre alzó la mano derecha y, al instante, apareció un arma oscura de forma triangular. Una leve sonrisa asomó en la comisura de sus labios y su voz, grave y magnética, resonó con claridad:

—Te matamos… y esa comida será nuestra.

El anciano se quedó petrificado. Aquella era la tercera regla del juego: derrotar al codicioso habitante subterráneo que custodiaba el alimento para obtenerlo.

Al segundo siguiente, Fu Wenduo y Tang Mo se lanzaron al ataque.

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