Bajo el roble – Capítulo 121

Traducido por Tsunai

Editado por YukiroSaori 


—¿Todo… estará bien a-ahora?

—El comandante del ejército de monstruos que dirige los dispositivos y sus tácticas se ha ido. La coalición del ejército de monstruos ha caído por tierra. Aunque todavía hay un número considerable de trolls acampados en el norte, tarde o temprano, ellos también encontrarán su fin.

A pesar de lo prometedor de las palabras de la princesa, la preocupación y la aprensión no desaparecieron del rostro de Max.

—Parece como si hubieras perdido la confianza en las fuerzas aliadas.

—No es que haya perdido la co-confianza en ellas…

Murmuró Max, pero al oír la duda en su tono, la princesa no pudo evitar dedicarle una amarga sonrisa.

—No te preocupes. El honor y el orgullo de las fuerzas aliadas han recibido un golpe devastador porque los monstruos les han superado y ahora están más alerta que nunca. Y viendo a los caballeros Remdragón en su furia, las fuerzas de Balto también se han mantenido al margen de los problemas.

La princesa arrugó entonces la nariz.

—Bueno, es de suponer, habría que ser un lunático para atreverse a poner de los nervios a Riftan en estos momentos. Incluso durante la subyugación de los dragones, no estaba tan irritado como ahora…

Max cerró la boca, metió la mano en el bolsillo y tocó inquieta el siclo con los dedos. En cuanto Riftan se marchó, Max fue a recogerlo del rincón donde lo había tirado. Al recordar a Riftan deshaciéndose de algo que había guardado durante más de una década con una expresión indescifrable en el rostro, la comisura de su corazón se apretó. Agnes, al ver que Max se hundía en la depresión, no tardó en iluminar el ambiente con un rayo de alegría.

—Dejemos de hablar de guerras ahora. Concéntrate en recuperar tu salud. Maximillian llevó su cuerpo al límite, ahora deberías descansar.

—Gracias… por cuidar de mí hasta este punto.

—De nada.

La princesa le dedicó una cálida sonrisa y la arropó. Max se sonrojó, avergonzada de que la cuidaran como a una moribunda cuando a su alrededor había hombres con heridas atroces. Comparado con quienes habían perdido miembros, su luxación de hombro y un par de costillas rotas no eran nada.

Sin embargo, su vitalidad regresaba a paso de tortuga. Aunque las heridas externas habían cerrado gracias a la magia, seguía sintiéndose vacía y exhausta; el precio inevitable de haber agotado hasta la última gota de su maná.

Sintiéndose como un pozo seco, Max se frotó la cabeza dolorida y mareada.

—¡Estamos listos para partir!

Una fuerte voz anunció desde fuera del carruaje después de un momento. La princesa Agnes abandonó el carruaje y salió para una última inspección antes de regresar. Pronto, las trompetas sonaron para señalar su partida. Con la ayuda de la princesa, Max se sentó y miró por la ventana, esperando ver a Riftan, pero no estaba a la vista. Se mordió el labio con preocupación y se preguntó si ni siquiera se despediría de ella. Su corazón se llenó de ansiedad y decepción.

No era descabellado que él estuviera tan indignado después de que ella rompiera su promesa de no ser imprudente y resultara gravemente herida. Sin embargo, si no hubiera hecho lo que hizo, Etileno habría sido invadida por los monstruos. Y al final, ¿no salió bien en general?

Las heridas siempre pueden cerrarse con magia… así que un poco de dolor no es un precio tan alto, pensó para sí.

El rostro de Max se ensombreció al recordar el dolor que había cruzado los ojos de Riftan, y la culpa la invadió por haber sido tan descuidada. ¿Cómo podía ser tan egoísta? Aturdida por una mezcla de confusión y desánimo, dejó caer los hombros, agotada. En ese momento, una figura apareció corriendo junto al carruaje. Al asomarse, Max abrió los ojos de par en par; era Yulysion, que gritaba algo mientras intentaba seguir el paso de las ruedas que avanzaban lentamente.

—Señora, quería disculparme sinceramente antes de que se fuera. Siento profundamente no haber sido capaz de protegerla adecuadamente.

Sorprendida por la inesperada disculpa, Max agitó rápidamente las manos hacia el muchacho.

—E-Eso no es cierto. Si no fuera por la protección de Yulysion y Garrow… no estaría aquí ahora mismo. Si no fuera por vosotros dos, habría habido un problema mayor.

—Señora…

El chico se mordió los labios temblorosos y sus ojos se arrugaron como si estuviera conteniendo las lágrimas. Sus ojos morados parecían ligeramente húmedos. Max lo miró con preocupación y trató de animarlo con una sonrisa brillante.

—No pongas esa cara. Pronto… Me re-recuperaré. Así que… deberías cuidarte y volver sano y salvo.

Yulysion parecía tener algo más que decir, pero mantuvo la boca cerrada e inclinó la cabeza. Max no pudo evitar sentirse culpable al ver al chico así. Sólo tenía diecisiete años. Aunque ya era un espadachín genial con un gran potencial, seguía siendo un muchacho joven y que la protegía con la valentía propia de un verdadero caballero. Max quiso decirle eso, hablarle de su increíble valentía y coraje, pero el carruaje aceleró y Max se tambaleó ligeramente. Yulysion se apresuró a perseguir el carruaje pero pronto, también se detuvo y solo observó como el carruaje se alejaba.

Max miró por la ventana y vio cómo su expresión abatida se iba alejando poco a poco. Pronto, la figura del chico quedó oscurecida por la multitud. La princesa Agnes se acercó y le señaló la ventana.

—Allí. Han venido a despedirte.

Max siguió el dedo de la princesa y vio a varias sacerdotisas reunidas en lo alto de una colina. Idcilla estaba al frente y agitaba su pañuelo en el aire. Max les dedicó una pequeña sonrisa. Cuando le pidió a Idcilla que volvieran juntas a casa, ésta rechazó su oferta y decidió quedarse e irse a casa con su hermano. Sintiéndose solemne porque éste podría ser su último encuentro juntos, Max agitó las manos hasta que la muchacha se perdió de vista. Finalmente, el carruaje atravesó las puertas y la princesa Agnes la ayudó a recostarse.

—El camino del sur está completamente bloqueado, así que pasaremos por un valle en el norte y rodearemos la muralla. Los caballeros Remdragón nos escoltarán hasta entonces. No habrá monstruos a lo largo de ese viaje, así que puedes relajarte y dormir sin preocupaciones.

Max cerró los ojos, sintiéndose aliviada de que Riftan estaría con ella. La siguiente vez que abrió los ojos en el traqueteante carruaje, la princesa Agnes le sacudió suavemente el hombro para despertarla. Luego la ayudó a sentarse y señaló por la ventana.

—Los caballeros del Remdragón ya no nos escoltarán a partir de ahora. ¿Debo llamar a Riftan para que venga a despedirse?

Max observó por la ventanilla hacia el campo de color leonado, donde los caballeros mantenían una formación impecable. Al frente de las filas, Riftan se había quitado el casco; su cabello oscuro se agitaba contra el viento mientras sostenía la pieza a un costado.

Ella esperó a que él dirigiera su semental negro hacia el carruaje, pero permaneció inmóvil con una mirada indescifrable. No se atrevió a llamarlo al recordar cómo había temblado de dolor frente a ella momentos antes.

Sacudió la cabeza lentamente.

—Está bien. Ya nos hemos… despedido.

La princesa la miró con recelo, luego bajó las cortinas y ordenó a la comitiva que partiera. El carruaje se sacudió de nuevo, y Max contempló en silencio su figura que desaparecía. Mientras se alejaban, sintió como si una oscura sombra oscureciera su corazón.

¿Vendrás pronto a por mi…?

Ella lo miró con ojos suplicantes, pero su rostro permaneció pasivo, volviéndose completamente ilegible. Max apretó el siclo en su mano, deseando que él espoleara a su caballo para alcanzarla. Por un instante, esa esperanza creció en su pecho para luego desinflarse al ver a Riftan inmóvil en el campo, como una estatua de piedra.

Max parpadeó para contener las lágrimas y tragó el nudo de dolor que le cerraba la garganta. Una ráfaga gélida agitó las capas de los caballeros remdragón. Al respirar aquel aire frío, comprendió que el otoño finalmente había llegado y que su verano más intenso y doloroso había llegado a su fin.

♦♦♦

Las palabras de la princesa, de que todos los monstruos habían sido expulsados hacia el norte, se confirmaron sin exageración. Durante todo el viaje hasta Levan, no encontraron ni un solo monstruo. No… quizás, hubo alguna incursión aquí o allá, pero Max estuvo completamente inconsciente todo el viaje y no se dio cuenta de nada. Durmió como un muerto en el carruaje durante todo el viaje. Cerraba los ojos y cuando los abría había pasado un día. Esta rutina se repetía cada día, pero por mucho que durmiera, el cansancio no desaparecía y se sentía tan indefensa como un recién nacido. Como el agotamiento del maná no podía curarse con magia, no le quedaba más remedio que esperar a que sus fuerzas se recuperaran de forma natural.

Durante más de diez días de viaje, lo único que hizo fue comer y dormir. Cuando llegaron a Levan, por fin se encontraba lo bastante bien como para caminar sola. En cuanto bajó del carruaje, fue a ver a Rem, a quien había dejado en el Gran Templo. Tras casi dos meses de abandono, Rem levantó los cascos de alegría a su regreso. Al ver la excitación del caballo, Uslin se adelantó y le quitó las riendas de las manos.

—Hace tiempo que no sale a correr, así que está más agitada. Por favor, no te acerques a ella hasta que se haya calmado un poco.

Max asintió torpemente y dio un paso atrás. Aunque Uslin ya no la miraba con hostilidad, seguía sintiéndose incómoda con aquel caballero frío y rígido. Uslin calmó con pericia a Rem, que pataleaba excitada y luego, se volvió para estudiar su semblante.

—Hoy hace buen tiempo, así que podemos zarpar inmediatamente. ¿Tienes algo que empacar en el templo?

—N-Nada en particular…

Max deseaba despedirse de las mujeres que conoció en Livadon, pero no sabía cómo explicar que ella e Idcilla habían mentido para colarse en la guerra. Ante el temor a sus reacciones, prefirió marcharse en silencio.

Regresaron al carruaje y avanzaron hasta el puerto, donde aguardaban barcos de velas imponentes bordadas con la insignia real de Whedon. Con el apoyo de Elliot, subió a bordo. En la cubierta, la princesa Agnes supervisaba el traslado de la carga, pero corrió de inmediato hacia ella al verla llegar.

—¡Maximilian! Tienes la cara pálida. Podrías haber dejado tu caballo al cuidado de los soldados. Ellos lo habrían traído…

—No p-pasa nada. Después de todo, la dejé sola tanto tiempo… Al menos debería hacer esto.

Max acarició cariñosamente las crines de Rem y el caballo relinchó de felicidad. Sonrió al cariñoso animal antes de que Agnes la condujera a las escaleras situadas en el centro de la cubierta del barco.

—Ahora, ven aquí. Los soldados y los sirvientes se ocuparán de los caballos. Por ahora, Maximillian deberías tomar sus medicinas y descansar bien.

—He estado durmiendo todo este tiempo…

Max hizo un puchero al ser tratada como una niña y la princesa sonrió para apaciguarla, hablando en tono tranquilizador.

—Maximillian, tu agotamiento de mana no debe tomarse a la ligera. El maná que agotaste es el maná con el que naciste, en palabras más sencillas, extrajiste maná de tu fuerza vital y lo utilizaste. Te llevará mucho tiempo recuperarte por completo. Ahora mismo, no deberías esforzarte demasiado y descansar bien.

—Por favor, haz lo que sugiere la princesa. Tu complexión no se ve bien.

Incluso Elliot, que permanecía en silencio a su lado, intervino. Max suspiró y descendió a los camarotes con pasos pesados. La princesa la condujo a un lujoso camarote digno de un rey. Una vez sentada, bebió unas gachas y un té hecho con raíces de hierbas y fue a tumbarse en la cama. Pronto, el sonido de las trompetas que anunciaban su partida resonó por todo el barco. Mientras Max se tumbaba, recordó sus experiencias de temporadas pasadas. Todo le parecía un largo sueño; desde su vida en el castillo de Croix, hasta vivir en Anatol, pasando por las expediciones…

Desde que conoció a Riftan, su vida había dado un giro completo. Estaba llena de pasión y aventura cada día.

Desde que lo conocí, nunca me había sentido tan viva..., reflexionó, pero de forma tardía como un recuerdo, le pasó por la mente el dolor en sus ojos. Rápidamente apartó la imagen, no quería pensar en ello. Estaba agotada. En los últimos días se sentía como si hubiera envejecido décadas. Mientras escuchaba las suaves y tranquilas olas, Max volvió a dormirse lentamente.

♦♦♦

Drakium, la capital de Whedon, estaba situada en el extremo norte del continente. Comparada con Anatol, que estaba situada en el extremo sur de Whedon, la capital estaba mucho más cerca del puerto y pudieron llegar a las puertas de la capital en cinco días desde que zarpó el barco. Max miró por la escotilla y contempló los colores que rodeaban la ciudad sembrada de hojas otoñales. De hecho, era una ciudad que Rosetta adoraría, ya que le gustaban los paisajes coloridos.

Después de atravesar las magníficas puertas, las anchas calles, lo suficientemente grandes como para dar cabida a ocho carruajes uno al lado del otro, los elaborados edificios de piedra de construcción uniforme, la princesa Agnes señaló por la ventana.

—Ese es el teatro, y allí está la tienda de armas. Esa arena es para celebrar justas…

Explicó una a una las atracciones de Drakium. Max asintió distraídamente. La capital era espléndida y magnífica, pero, extrañamente, no le interesaba en absoluto.

—¿Estás agotada?

Al notar su expresión pasiva, la princesa preguntó con una sonrisa, pero Max se sonrojó avergonzado.

—N-No. Solo siento pena por los demás que viajan con nosotros… que yo viaje tan cómodamente…

—¡En absoluto! Eres una paciente, Maximillian. Además, viajar en carruaje todo el día estresa mucho el cuerpo.

La princesa apoyó el codo en el alféizar de la ventana y suspiró.

—Pensé en parar en el puerto para que te recuperaras del todo allí, pero sería mejor llevarte al sanador real cuanto antes…

La princesa Agnes golpeó el manto con sus largos dedos, pensativa, hasta que sus palabras se interrumpieron. Max observó cómo su rostro se ensombrecía de repente.

Durante todo el trayecto desde Etileno hasta Drakium, Max recibió cuidados extremos. Incluso a bordo del barco, dos sirvientes y un sanador permanecieron a su lado constantemente. Al atracar, el viaje continuó en un carruaje provisto de lujosos cojines. Para ella, tales atenciones reales resultaban inmerecidas; se sentía incómoda al ser tratada como una moribunda.

—Es solo un poco de… falta de r-resistencia. Descansé y tomé muchos medicamentos… durante semanas sin fin. A-Ahora estoy realmente bien.

—Pero aun así no estaría de más ver a un sanador debidamente cualificado. En el palacio real, tenemos un archimago de la torre de los magos, que conoce bien las medicinas del continente sur. Seguramente podrá ayudarte a recuperar tu salud.

Max quiso repetirle que estaba bien, pero al ver lo testaruda que era la princesa, se calló. No tenía ninguna buena razón para rechazar el tratamiento de un buen sanador. Aunque la actitud de la princesa era un poco excesiva, Max no quiso discutir con ella y simplemente aceptó sus demandas en silencio.

—Ah, ese de ahí es el palacio Drakium.

Max siguió la dirección de Agnes y divisó un imponente castillo blanco grisáceo de arquitectura roem. Sus agujas se alzaban como lanzas sobre los edificios de ladrillo rojo, superando en escala al castillo de su padre, aunque carecía de su ostentación. El carruaje cruzó la multitud hasta la plaza circular de la ciudad, desde donde se distinguían el gran campanario del templo y el arco de entrada al palacio real.

Los caballeros que encabezaban la comitiva se acercaron primero y los soldados que custodiaban los muros del castillo tiraron de la manivela para levantar las puertas de hierro. Max miró por la ventana y vio a los caballeros en sus caballos de guerra marchando en fila india hacia los terrenos del palacio. Su carruaje les seguía justo detrás y pronto se divisó un vasto jardín bordeado de arbustos. Sus ojos se abrieron de par en par. A pesar de haber vivido dos décadas de su vida en el castillo de Croix, considerado uno de los castillos más grandiosos del continente occidental, no podía dejar de asombrarse ante la magnificencia del castillo de Drakium.

—Tenemos que ir primero al palacio central para anunciar nuestra llegada a mi padre. Luego, iremos a mi palacio.

La princesa bajó del carruaje antes de que un sirviente pudiera siquiera abrir la puerta. La princesa le tendió entonces la mano a Max para que la ayudara a descender.

—¿Tu palacio?

Preguntó Max, un poco confundida de que la princesa estuviera asumiendo el papel de un caballero al escoltarla fuera del carruaje.

—Mi palacio está en un lugar más apartado, más cerca de la naturaleza que la capital, ya que aquí el uso de la magia es muy restrictivo. Mi padre me construyó el palacio como regalo cuando tenía trece años. Ahora date prisa y baja.

Ante la insistencia de la princesa, Max le puso la mano encima de mala gana y salió del carruaje. Uslin y Elliot se acercaron para atenderla y suspiraron al ver que Agnes les arrebataba el puesto.

—Alteza, podemos atender a nuestra Señora.

—Maximillian es mi invitada, así que es natural que me ocupe de ella en todos los aspectos.

La princesa despidió a los caballeros y condujo a Max escaleras arriba. Siguió a Agnes hasta la entrada del palacio principal, adornado con cientos de ventanas de cristal. Más allá de la majestuosa puerta ovalada había guardias con armaduras de acero en interminables filas de sirvientes vestidos de seda. Cuando la princesa entró, los caballeros y magos implicados en la guerra la siguieron de cerca. Max miró con curiosidad el pasillo, extrañamente silencioso. Hermosas estatuas estaban colocadas entre pilares de piedra y deslumbrantes candelabros dorados colgaban del alto techo abovedado. Cuando llegaron al final, Max vio la entrada a la sala del trono.

—¡Su Alteza Real, la Princesa Agnes Reuben ha regresado con los caballeros reales!

Anunció en voz alta el sirviente que estaba junto a la puerta y las puertas de caoba de doble arco se abrieron de golpe, para revelar al monarca Whedon en su trono. Max pisó la alfombra roja que cubría el gran salón y miró al rey con curiosidad. El rey Rubén III estaba sentado en su trono, ataviado con un lujoso manto de piel de leopardo y túnicas de seda con intrincados bordados. El monarca mostraba un rostro de indiferencia y cinismo, nada parecido al que ella imaginaba que tendría el benévolo gobernante de un reino.

Se sintió nerviosa ante su inesperada aparición. El rey de Whedon era un hombre apuesto, con un aire de misterio. Bajo la corona, su cabello dorado parecía la melena de un león. Su rostro tenso y arrugado, muy alejado de su verdadera edad, estaba cubierto por una desordenada barba dorada. Su aspecto recordaba al de un gato apático.

El rey entregó el pergamino que estaba leyendo al escriba que estaba a su lado y extendió su aparatosa mano, cubierta de anillos hacia Agnes.

—Mi tesoro. Me alegra verte regresar sano y salvo. Bienvenida a casa, mi orgullo y alegría, sirviendo para elevar la gloria de nuestra nación.

—Hemos regresado de la expedición, Majestad.

Agnes se acercó y besó al rey en su larga capa que adornaba el suelo alfombrado. Los caballeros y magos inclinaron la cabeza y se arrodillaron ante su Rey. Max los imitó rápidamente, arrodillándose e inclinando la cabeza. Entonces oyó una voz fuerte y autoritaria que sonaba un poco molesta.

—Levantad la cabeza. Este Rey no desea hablar mientras mira la coronilla de vuestras cabezas.

Max miró a su alrededor y tras ver que Uslin y Elliot, a ambos lados de ella, levantaban lentamente la cabeza, ella también levantó la vista. Rubén III tenía un codo apoyado en el reposabrazos mientras miraba despreocupadamente a sus súbditos arrodillados ante él. Volvió a hablar, en aquel tono bajo y poderoso.

—Muchos no regresaron.

—La guerra aún no ha terminado, así que he ordenado que una tercera parte permanezca en Livadon.

—¿Quién queda…?

—Quedan muchos de los caballeros del Remdragón, del Oeste y de los territorios del Norte. Todos regresarán en un mes como muy tarde.

Los ojos dorados del rey estudiaron detenidamente los rostros de sus súbditos y de repente, su mirada se detuvo al encontrarse con la de Max. Ella sintió que se le estrechaba la garganta y tragó saliva ante la intensa presión, lo bastante fuerte como para hacer que su corazón dejara de latir. El rey, aunque parecía distante y distanciado, desprendía un aura intimidante.

—Si mis ojos no me mienten, ¿no son esos hombres de los caballeros del Remdragón?

Ante la llamada de su presencia, Uslin y Elliot inclinaron la cabeza.

—Soy Elliot Caron de los caballeros Remdragon.

—Yo soy Uslin Rikaido de los caballeros Remdragon. Estamos aquí para acompañar a nuestra señora por orden del señor Calypse.

—¿Señora…?

Los afilados ojos del Rey se clavaron inmediatamente en ella y Max se quedó helada en el sitio. Luego abrió rápidamente la boca, tratando de mostrarse lo más calmada posible.

—Es un honor co-conocerle… Su Majestad. Soy Maximillian Calypse.

—Hmm.

Los ojos dorados del rey miraron fríamente a Max y en ese momento, ella se sintió como si estuviera frente a un león disfrazado con piel humana. Acarició su espesa y rizada barba y su boca se torció torcidamente.

—Ah, sí. Ahora recuerdo haber sido rechazado repetidamente por ese testarudo caballero por tu culpa.

La temperatura de la sala descendió inmediatamente, lo suficiente como para helarle los huesos. Max se apresuró a inclinar la cabeza, con el rostro pálido y agotado, pero Agnes se apresuró a redimirla.

—Padre Real, la señora Calypse es una maga y una de las mayores contribuyentes a la batalla de Etileno. Fue gravemente herida durante la guerra, así que la he traído aquí a toda prisa para ayudarla a recuperarse.

—Es una historia muy interesante.

Contrariamente a sus palabras, Rubén III tenía una expresión de evidente desinterés dibujada en el rostro.

—Riftan Calypse es el orgullo de Whedon y el caballero más favorecido de este rey. No podemos permitirnos descuidar el cuidado de su esposa. Debe recibir el máximo cuidado y un trato especial durante su estancia.

—Estoy a-agradecida… por la generosidad de Su Majestad.

Max apenas consiguió murmurar con voz temblorosa. El monarca apartó entonces la mirada, como un gato cansado de jugar con sus juguetes y luego, hizo un gesto con la mano hacia los súbditos que seguían arrodillados ante él.

—Me encantaría escuchar los detalles de vuestra expedición, pero no puedo reteneros a todos aquí, que acabáis de regresar de un arduo viaje y una batalla. Oiré hablar de la expedición en otro momento. Ahora levántense de sus rodillas. Esta noche se celebrará un banquete en vuestro honor.

El escriba escribió rápidamente la orden del rey y se la entregó a un criado, que se apresuró a cumplirla. Todos inclinaron la cabeza en señal de respeto, se pusieron en pie y salieron en silencio de la sala. Solo cuando las puertas se cerraron tras ella, Max dejó escapar el aliento que estaba conteniendo.

Al verla con el rostro pálido y cansado, Agnes le dedicó una sonrisa apenada.

—Mi padre tiene la mala costumbre de hacer que la gente se sienta incómoda. Solo intentaba contrariarte, no le des demasiadas vueltas.

Incluso con las palabras de la princesa, Max no se sintió reconfortada. El rey Ruben era quien quería que Riftan se divorciara de Max y que se casara con la princesa Agnes. A los ojos del rey, la existencia de ella sería como una espina clavada en sus ojos. Se mordió el labio con ansiedad y al darse cuenta de su angustia, Uslyn, que la observaba en silencio, abrió la boca para hablar.

—No te preocupes, el rey es misericordioso y justo. No le ocurrirá nada malo a la señora.

Max le dedicó una vaga sonrisa. El rey Rubén no parecía tener compasión. Y como si supiera exactamente lo que estaba pensando, Agnes se rió.

—Sé que es gruñón y que puede ser un poco mezquino, pero esa es su forma de ser. En cuanto se entere de tus aportaciones, no hará más que elogiarte. Me aseguraré de contárselo con todo detalle.

Abandonaron el palacio central y subieron de nuevo al carruaje. El palacio de Drakium tenía el tamaño de una pequeña aldea. Pasaron junto a la gran capilla, un enorme campo de entrenamiento en el que cabían fácilmente diez mil hombres y un frondoso bosque de olmos. Solo entonces apareció a la vista la residencia de la princesa. Max estaba completamente sin fuerzas cuando la condujeron a una enorme y acogedora habitación de invitados con vistas al huerto y al embalse.

—Llamaré al sanador. Túmbate en la cama y descansa por ahora.

—No tienes que hacer eso a-ahora mismo. Su alteza Agnes debe estar muy ca-cansada también…

—Le prometí a Riftan que cuidaría de ti. Por mi orgullo y honor, lo haré, así que no te preocupes por nada.

Agnes llamó inmediatamente a dos sanadores y la examinaron mientras yacía rígida en la cama. Estudiaron su complexión y la pincharon alrededor del estómago. Le hicieron varias preguntas, luego echaron más de una docena de tipos diferentes de hierbas en una tetera de porcelana y prepararon la medicina. Max miró con recelo el líquido negro, oscuro y maloliente y se volvió para hablar con el sanador.

—¿Qué es esta medicina? Nunca he visto algunas de estas hierbas antes…

—Es una medicina que ayuda a tu cuerpo a recuperarse mucho más rápido.

La princesa interrumpió rápidamente y respondió vagamente en nombre de los sanadores.

—Estas medicinas son buenas para tu salud así que no te preocupes y tómatelas.

Max aspiró la amarga tisana, pensando en la princesa que seguía cuidando de ella a pesar de estar también agotada por el viaje, apretó los ojos y se la tragó. Cuando vació la taza, los sanadores continuaron con sus misteriosos tratamientos y colocaron un paquete de piedras calientes sobre sus mantas para calentarla, luego le aplicaron un aceite de extraño olor en las manos y los pies.

—Disculpen mi intromisión, pero la princesa me ha convocado…

Justo cuando Max pensaba que los tratamientos habrían terminado, otra voz llegó del otro lado de la puerta. Agnes se volvió y rápidamente gritó a la persona que entrara. Era un hombre delgado de unos cuarenta años que vestía una túnica gris oscura. Se acarició la barba desordenada mientras se acercaba a ella.

—¿Qué idiota sacaría su maná hasta el punto de drenarlo? ¿Quién es esta idiota? Qué ignorante. Esa persona debe estar preparada para escuchar mi sermón.

—Simón, no toleraré tal grosería.

La princesa le dirigió una mirada severa, pero el hombre llamado Simón ni se inmutó. Resopló burlonamente y luego se volvió para mirar con severidad a Max.

—No pareces un mago de la Torre de los Magos. ¿Puedo preguntar de qué idiota aprendiste tu magia para hacer algo tan imprudente?

—Yo-Yo…

—Simón.

Volvió a advertir la princesa y el mago hizo un puchero.

Luego, arrastró una silla y se sentó junto a la cama.

—Sí, sí. De acuerdo. Dejaré de dar la lata y la examinaré. Ahora, por favor, dame la mano.

Con dudas, Max extendió la mano y el hombre la tomó entre sus dedos secos, delgados y quebradizos e inyectó parte de su energía mágica en la de ella. Ella se estremeció al sentir cómo la fría magia se filtraba en su cuerpo. El mago hizo esto durante unos diez minutos y le soltó la mano con un suspiro.

—Su agotamiento de maná no es tan grave como esperaba. Pero aún así, debe descansar bien durante un mes más o menos.

—Entonces, ¿se recuperará completamente?

Ante la ansiosa pregunta de la princesa, el mago parpadeó con sus grandes ojos de búho y volvió a suspirar.

—Su cuerpo se recuperará con el tiempo. Sin embargo, no debería volver a usar la magia mientras tanto. No hasta que su energía mágica se reponga por completo de forma natural, o de lo contrario podría provocar daños permanentes.

—¿Q-Qué tipo de… daño permanente…?

—Uno que podría acortar tu esperanza de vida.

El cuerpo de Max se estremeció ante su voz ominosamente grave. Para demostrar que no estaba exagerando, el mago tenía una expresión seria y cruzó los brazos sobre el pecho.

—El maná es la energía con la que todos nacemos. Los magos toman el maná a la fuerza del mundo natural en sus cuerpos y lo utilizan para lanzar magia. El maná inherente al cuerpo es como el imán que te sujeta la energía mágica. La señora no solo agotó su energía mágica, sino también el maná que potencia y da fuerza a nuestros cuerpos lo suficiente para vivir. Lo que hiciste es como acortar tu vida a propósito.

—E-Esa no era mi intención. Es solo que en ese momento… no había otra opción…

El mago suspiró profundamente ante su excusa.

—Hay algunos magos que actúan precipitadamente como la señora en el campo de batalla.

Murmuró amargamente y se levantó de su asiento.

—Ahora mismo, el cuerpo de la señora es tan débil y frágil como el de un recién nacido. Por eso busca constantemente el sueño. Duerme y descansa todo lo que puedas para que tu cuerpo recupere lo que ha perdido. Y ni se te ocurra hacer nada extenuante hasta que vuelvas a la normalidad.

Max asintió. El mago le dio unas cuantas advertencias y precauciones más antes de marcharse. La princesa y los dos sanadores también se marcharon, pero ella apenas podía descansar en paz. Desde que llegó al palacio Drakium, lo único que hacía Max era comer y dormir como un recién nacido. Entre medias, tomaba las medicinas que preparaban los sanadores y de vez en cuando, recibía magia curativa de los sacerdotes. Todas las noches se celebraba un banquete, pero Max no daba un solo paso fuera del palacio de la princesa. Estaba demasiado cansada y no tenía ganas de socializar en un entorno tan ruidoso.

Aunque había abandonado el campo de batalla y todo iba bien, no podía deshacerse de su inquietud y depresión. Riftan no dejaba de aparecer en su mente y le dolía, preocupada de que se hubiera vuelto completamente indiferente hacia ella. Abrumada por tantos pensamientos negativos, Max cerró los ojos y se durmió. Estaba indefensa ante sí misma, torturando su propia mente con sus pensamientos sádicos. Pasaba el tiempo ociosa, como un pez de colores nadando dentro de una pecera.

Las noticias de la victoria llegaron de Livadon al cabo de quince días. El mensajero anunciaba que las fuerzas aliadas habían escalado la meseta de Pamela y destruido por completo la base principal de los monstruos. Ante la llegada de tan gran noticia, los vítores estallaron no solo en el palacio de Drakium, sino que resonaron por toda la capital.

 

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