Bajo el roble – Capítulo 122

Traducido por Tsunai

Editado por Yukiro


Tan fuerte era el sonido que incluso Max, que estaba indefensa y no podía hacer otra cosa que dormitar en su cama, abrió los ojos al oír el ruido. Se sintió como una ninfa de la tierra que hubiera despertado de un profundo sueño cuando los vítores y las melodías de victoria estallaron desde lejos. Las dominantes fuerzas malignas que le habían causado los mayores dolores y pruebas a lo largo de la primavera, el verano y el comienzo del otoño, habían izado por fin una bandera blanca, señalando su rendición.

Max abrió la ventana que había junto a la cama y contempló el bosque de olmos que se estaba transformando en el rico color marrón amarillento del otoño. Luego metió los pies en un par de cómodos mocasines y se envolvió los hombros con un chal. Uno de los sanadores entró en la habitación con una bandeja y sus ojos se abrieron de par en par al verla sobre sus dos pies.

—Señora, ¿necesita algo? Dígame qué es y lo haré enseguida.

—Quiero… s-salir. Me gustaría escuchar los detalles de la conclusión de la guerra…

—Le pediré a uno de los sirvientes que reúna los detalles y te informe. No debería salir de su dormitorio todavía.

—No tengo sueño y mi cuerpo ya se ha recuperado. Déjame reunirme un rato con los caballeros… Me gustaría saber de ellos. Los de Livadon deben haberse enterado de los detalles.

—Pero he preparado su comida y medicina…

El sanador parecía avergonzado y puso la bandeja que había traído sobre la mesa. Sobre la bandeja estaban las hierbas medicinales amargas que le hacían beber cada mañana y cada noche. Max arrugó la nariz.

—Esa medicina… me da mucho sueño, se me hace duro tener tanto sueño. Me tomaré la medicina cuando vuelva.

El sanador tenía una expresión impaciente y decidida en el rostro, pero llamó a un sirviente para que acompañara a Max, pues sabía que no se echaría atrás. Max atravesó el silencioso vestíbulo con dos sirvientes acompañándola. El palacio de la princesa estaba situado en el lugar más recóndito del palacio Drakium, por lo que era tranquilo y silencioso durante el día. Bajó lentamente la escalera de mármol que conducía a un largo pasillo iluminado por el sol. Uno de los sirvientes que la acompañaba la seguía de cerca y la sujetaba por el codo, como si temiera que pudiera desplomarse y caerse. Max sintió que la trataban como si hubiera envejecido hasta los noventa años, pero aceptó el apoyo sin protestar. En realidad, sentía las piernas débiles por llevar demasiado tiempo en la cama y cualquier movimiento que hacía le provocaba un ligero mareo. Por eso no se quejó, aunque Simón la regañó bruscamente.

Suspiró mientras subía los últimos peldaños de la escalera. En ese momento, oyó la voz de la princesa Agnes desde algún lugar, lo que hizo que Max girara la cabeza. Por lo general, la princesa no estaba en su palacio hasta el atardecer, ella estaría en el castillo principal o en los campos de entrenamiento durante todo el día, por lo que era una rara ocasión que estuviera en su castillo a esta hora. Su curiosidad la devoraba, preguntándose si algo preocupante debía haber sucedido mientras caminaba hacia el pasillo donde escuchó las voces de la princesa. Sus pies la condujeron hasta una enorme puerta entreabierta. La habitación era grande y estaba llena de estanterías. La princesa Agnes y Simon estaban sentados uno frente al otro en el centro de la habitación.

La princesa, que estaba garabateando algo en un trozo de pergamino, vio a Maximillian de pie junto a la puerta e inmediatamente saltó de su asiento.

—Maximillian, ¿está bien que ya estés fuera de la cama?

—Es sólo por un ra-rato… está bien.

El mago ni siquiera miró a Max, luego regañó a la princesa.

—Señorita Agnes, sus manos no escriben.

—Ugh, es enfermizo. ¿Acaso se les enseña a los magos de viento a regañar durante su entrenamiento?

 Agnes se quejó irritada mientras sumergía bruscamente su pluma en el tintero.

—¡Tengo que pedir que la próxima vez solo me envíen magos de agua!

—Si no puedes explicar adecuadamente la situación a los inspectores que vengan esta vez, tendrás que esperar al menos diez años para que te asignen un nuevo mago.

Simon le respondió con un bufido a Agnes y luego le hizo un gesto a Max.

—No te quedes ahí parada, ¿por qué no entras y te sientas?

—Parece que estais o-ocupados… No quiero molestarte. Os dejo…

—¿Adónde vas?

Preguntó Agnes con ansiedad. Max respondió con una sonrisa amarga.

—Solo por un rato… Voy a reunirme con sir Caron para escuchar las noticias de los caballeros Remdragon.

—Puedes preguntarme a mí en su lugar. No hace falta que vayas a verle.

Agnes sonrió mientras jugueteaba con su pluma.

—Todos están a salvo. Calculando por el tiempo que tardó la paloma mensajera en llegar a Drakium, ya deben de haber llegado a Levan y han embarcado.

Ante la buena noticia, Max corrió frente al escritorio donde estaba sentada la princesa.

—¿La paloma mensajera era… de Ri-Riftan?

—Llegó esta mañana. ¿Quieres leerlo? Creo que llegarán en dos o tres semanas a más tardar.

La princesa rebuscó entonces entre la pila de papeles y pergaminos que había sobre el escritorio, luego sacó una carta del tamaño de la palma de su mano y se la tendió. Los ojos de Max se abrieron de par en par al leerla. No había bajas entre los caballeros del Remdragón y regresarían una vez que los heridos hubieran sido atendidos en Levan. La nota que anunciaba su llegada estaba escrita en solo dos frases.

Max estaba consternada. ¿Alguien ha resultado tan malherido como para necesitar tratamiento por una herida?

Mientras se mordía el labio con inquietud, la princesa Agnes dijo con voz brillante.

—No te preocupes. Si alguien hubiera resultado gravemente herido, ni siquiera se le habría ocurrido enviar una paloma mensajera. Los telegramas enviados por los demás señores de las fuerzas aliadas que se quedaron son más sinceros que esta carta. Dicen que subirán inmediatamente a los barcos después de descansar en el Gran Templo de Levan durante 3 o 4 días para permitir que los que tienen heridas de leves a graves sean tratados. Ya hay alboroto por la preparación de un gran banquete.

La princesa se encogió de hombros con indiferencia.

—He estado escribiendo cientos de invitaciones desde que llegó la noticia de la victoria. Creo que esta vez el rey va a convocar a todos los nobles de Whedon.

—Debes estar muy o-ocupada… preparando el banquete.

—Ahora mismo, lo que es más urgente que un frívolo banquete es escribir un informe para el equipo de inspección de la Torre de los Magos.

Simón interrumpió bruscamente la conversación y golpeó con la punta del dedo un papel de pergamino con escritura antigua, como si quisiera urgir a la princesa el mensaje. La princesa empezó a escribir algo de nuevo, gruñendo molesta. Simón, que miraba a Agnes como un supervisor, volvió la cabeza hacia Max y le explicó.

—Tres magos de la Torre de los Magos murieron en esta expedición. Nornui investigará si hubo comandos injustificados involucrados. La causa de su muerte debe ser contada y explicada en detalle. De lo contrario, sería difícil en el futuro contratar magos que fueron entrenados en la Torre de los Magos.

—¿La torre de ma-magos… llega a ese extremo de interferencia?

—¿No es ese el propósito de la creación de la torre, evitar la persecución de los magos? Todos los magos registrados en la torre están protegidos por Nornui. Aunque el trato hacia los magos ha mejorado desde entonces, sigue habiendo quienes ven de forma negativa el uso de la magia. Por eso, Nornui vigila que no haya habido malos tratos cada vez que muere un mago. Por eso, cada vez que tienen lugar grandes batallas, los comandantes del ejército como yo tenemos mucho que sufrir. Tengo que explicar toda la situación a gente de mente cerrada que no ha estado en un campo de batalla en toda su vida y luego suplicar que haya nuevos magos para ocupar los puestos de los que han perecido.

Explicó la princesa con severidad. Max miró con curiosidad la antigua escritura hecha con la hábil y fina caligrafía de la princesa y luego preguntó con cautela.

—¿Los magos de la Torre de los Ma-Magos… son enviados a cualquier lugar desde el que se les solicite?

—Normalmente, cuando las peticiones de magos vienen de Drakium, la Torre de los Magos revisa la petición y envía a los magos que se ofrecen voluntarios. Hoy en día, todos los señores del continente están ansiosos por tener al menos un mago de alto rango, algunos pedirían más archimagos, pero tardaría mucho tiempo en cumplirse… La Torre de los Magos intenta en la medida de lo posible equilibrar y distribuir equitativamente a los magos en todas las partes del mundo.

—¿Será posible… enviar otro mago a A-Anatol? No tenemos suficientes ma-magos en nuestro territorio.

Simon y la Princesa Agnes se detuvieron ante sus palabras. Tras un extraño silencio, Simon abrió la boca con una expresión complicada en el rostro.

—Lo dudo… mientras “esa persona” esté allí, sería difícil adquirir un nuevo mago.

—¿Qué quieres decir con “esa-esa persona”?

—¡Quién te crees que es! Se refiere a ese desvergonzado bribón fugitivo!

La princesa alzó de pronto la voz.

—¡Ruth Serbel, que ignoró todas las reglas de la Torre y abandonó la torre sin permiso! Mientras ese traidor esté en Anatol, no habrá envío de magos de su parte.

Max frunció las cejas y miró a su alrededor confundida. Siempre se había preguntado por qué solo había un mago de alto rango entre los caballeros de fama mundial, pero ni siquiera sabía que era por Ruth. A medida que el tema cedía, la princesa se volvía más y más crítica con su amiga.

—Si no hubiera sido por ese molesto bulto, habría uno o dos magos de alto rango más que se ofrecerían voluntarios para servir a Riftan Calypse. Le aconsejé varias veces a Riftan que lo echara, pero no me hizo caso. Parece que mantiene su lealtad a un bribón que no la merece y sufre una tremenda pérdida.

El rostro de Max se ensombreció. Puede que no lo viera en ese sentido, pero un rincón de su corazón se enfrió al recordar que Riftan se negó a casarse con la princesa, como si hubiera mantenido sus votos matrimoniales a la fuerza. La princesa habló entonces con voz calmada, malinterpretando su expresión.

—Aun así… Hay muchos magos libres con talento, así que no te preocupes demasiado. Esta vez, cuando los caballeros Remdragón regresen, solicitaré magos de alto rango y haré una petición para que la benevolencia del rey los envíe a Anatol.

—Gr-Gracias.

—De nada. Ahora, vamos a llevarte a tu habitación. No deberías esforzarte todavía.

Incapaz de sobreponerse a la persuasión de la princesa, Max tuvo que volver en silencio a la habitación, tomar su medicina y, de mala gana, tumbarse en la cama a dormir. Pasaron unos cuantos días más sin sentido. Había una interminable procesión de nobles que visitaban la capital para asistir al gran banquete en el palacio Drakium. Por la mañana, toda la mansión se llenaba de sirvientes que los recibían y por la noche se celebraba una cena de bienvenida. Max estaba sentada en la cama torciendo el cuello, mirando las puertas del castillo día y noche, preguntándose si Riftan llegaría milagrosamente un poco antes. La princesa Agnes sintió lástima por ella y le sugirió que asistiera al banquete, ante lo cual Max pareció sorprenderse. Mientras tanto, la princesa Agnes sabía que estaba inquieta porque no podía esperar la llegada de Riftan. Como si fuera consciente de su inusual actitud, la princesa dijo con expresión consoladora.

—Hoy he sabido por el sanador que tu salud ha mejorado mucho. Si no te resulta difícil, ¿por qué no asistes al banquete y aligeras un poco tu estado de ánimo? Nunca has asistido a ningún evento en palacio desde que llegaste al castillo de Drakium.

—P-Pero…

Max intentó protestar, se sentía avergonzada. Hubo varias ocasiones en las que ella asistió por alguna razón a eventos en el castillo Croix, pero siempre estaba bajo la supervisión de su padre y regresaba silenciosamente a su habitación después de un tiempo de haberse presentado. Debido a que la asociación con nobles estaba prohibida, la etiqueta de la corte se aprendía en un escritorio y ella no tenía la habilidad de hablar o socializar. Al imaginarse tartamudeando como una idiota entre los nobles, un sudor frío recorrió su espalda.

—No soy… muy aficionada a los ambientes ru-ruidosos…

Finalmente, cuando dio esa excusa, la princesa se rió como si ocultara algo.

—Tenía pensado darte una sorpresa, pero mejor te lo cuento. Lo cierto es que esta tarde el duque de Croix ha entrado en palacio con los nobles orientales. Si vas a la cena banquete, podrás verle.

Max sintió que el aire frío le recorría la espalda. Rápidamente ocultó su sombría expresión. Su corazón latía con fuerza por el viejo miedo y las palmas de sus manos empezaron a sudar.

—¿Ha venido mi pa-padre? ¿Sa-sabe… que yo también estoy aquí?

—El rey debe haberle informado. El duque ha estado discutiendo con el rey desde el momento en que llegó, por eso no ha venido a visitar a Maximillian todavía.

Añadió la princesa, confundiendo su expresión de disgusto, pensando que Max estaba disgustado porque el duque no había venido a visitar a su hija todavía.

Max se tragó su cinismo. A su padre no le importaba si ella estaba allí o no. No, probablemente no tenía ningún interés en lo que le ocurriera a ella. Sus hombros se encorvaron, recordando que él no la perdonaría si hacía algo que manchara el nombre de la familia. El duque de Croix odiaba que ella apareciera ante los nobles. Le ordenaron pasar desapercibida, parecer casi invisible por ser inferior, lo llevaba grabado en la sangre por ser tartamuda.

Max no quería imaginar el castigo que recibiría algún día si asistía a la cena banquete y de alguna manera se avergonzaba delante de los nobles. Entonces se apresuró a inventar una excusa para negarse.

—Yo también deseo asistir… pero hoy me siento realmente e-exhausta… Probablemente sería mejor… reunirme tranquilamente con él ma-mañana.

—¿Todavía te sientes débil?

—Aunque no es tan s-serio… si parezco demasiado pálida y f-frágil ante él… podría pre-preocuparse…

La princesa asintió al ver lo convincente que había hablado.

—Comprendo. Entonces deberías descansar. Le diré al sanador que traiga tu medicina.

Cuando la princesa salió de la habitación, Max envolvió su frío cuerpo con las mantas y se acurrucó, acercando el pecho a las rodillas. Escudriñó su mente en busca de excusas para evitar encontrarse con él cuando llegara el día de mañana. No. Quizá su propio padre le pusiera excusas. En la capital había innumerables nobles a los que tenía que ver. Probablemente no tendría tiempo de venir a verla. Max se aferró a la idea de que no la vería. Realmente no quería volver a verle. El último recuerdo de su padre pasó por su mente, él la amenazó con que lo peor vendría para ella si se divorciaba y amenazaba el nombre de la familia.

No acabó divorciándose como su padre la había amenazado. El duque debía de estar contento de que pudiera mantener su matrimonio y no vendría a por ella. Max se torturaba con esos pensamientos, intentaba borrar de su cabeza la existencia de su padre.

Sin embargo, sus expectativas fueron brutalmente traicionadas.

A la mañana siguiente, justo antes del amanecer, el duque de Croix acudió al palacio separado para reunirse con ella. Cuando supo que su padre la esperaba abajo, se puso rígida. Antes de acercarse a ella, la princesa Agnes le contó con una vergüenza sin precedentes el tipo de conversación que había mantenido con su padre.

—Cuando se enteró de que la salud de Maximillian… no va bien, se puso muy inquieto. Inmediatamente se apresuró y fue a ver a su hija.

—¿Mi p-padre se…?

Max parpadeó rápidamente, las palabras de la princesa eran difíciles de creer.

La princesa Agnes estaba tan inquieta como ella y de manera nerviosa se pasó la mano por el pelo dorado que caía sobre su frente, mirando inquieta el rostro de Max. Era una mirada extraña que se parecía a la de los caballeros cuando comprueban la fuerza de su arma. Como si comprobara la estabilidad de Max, la princesa tomó sus manos y dijo con voz muy cautelosa.

—Los caballeros calmaron al duque, pero ahora… no parece estar de humor estable. ¿Estarás bien?

Max estaba conmocionada; no podía hacerse a la idea de cómo había actuado su padre para crear esta situación. Nunca perdía la compostura delante de otros nobles. Siempre que interactuaba con ella delante de ellos, actuaba como un padre sinceramente generoso y misericordioso. Ante los sirvientes, la golpeaba despreocupadamente, pero frente a la nobleza, posaba sus fríos labios en sus mejillas con cariño, como si la adorara de verdad. Max se aclaró la garganta, temía que aflorara su ansiedad.

—¿Qué… qué lo hizo… exaltarse?

—Bueno, es por eso… Maximillan había pasado por una situación difícil, dura…

Agnes tragó saliva seca y bajó los ojos como si no encontrara las palabras adecuadas para decir. Era tan ridículo que Max estuvo a punto de soltar una carcajada. Su padre no pestañearía aunque se enterara de que había muerto. Tal vez, solo estaba fingiendo el papel de un padre cariñoso y no estaba realmente furioso. Debería ser eso. Probablemente era tan consciente de los nobles del palacio que sentía la obligación de visitarla. Max se deslizó fuera de su cama, parte de la tensión que sentía desapareció del pensamiento que corría por su mente. No había ninguna razón por la que no pudiera enfrentarse a su padre durante al menos diez minutos.

¿Acaso no lo había soportado durante 22 años?

Max contuvo sus emociones. Sería improbable que su padre la golpeara cuando estaba bajo la protección de la princesa, valoraba demasiado su imagen como para hacerlo. Max utilizó ese pensamiento para tranquilizarse. Ahora era una Calypse, no una Croix. Aunque fuera su padre, no tenía derecho a tratarla con rudeza.

—Me cambiaré de ropa… y bajaré enseguida.

La princesa dudó un momento, como si quisiera decir algo más, luego cerró la boca y salió de la habitación. Su comportamiento era un poco desconcertante, pero impaciente sabiendo que el duque Croix estaba esperando abajo. Aunque la princesa actuaba un poco extraña, Max estaba abrumada por el hecho de que su padre estuviera esperando abajo, así que se lavó apresuradamente la cara y se puso un vestido modesto con la ayuda de un sirviente. Luego, tras peinarse toscamente, salió inmediatamente de su dormitorio. Al acercarse a la entrada del iluminado salón, la tensión le retorció el estómago. Max dudó unos pasos y luego entró con los ojos fuertemente cerrados.

—Ya estás aquí.

Elliot, de pie junto a la puerta, le tendió amablemente la mano. Max le cogió torpemente del brazo y entró en la habitación. Luego vio a Uslin Rikaido, cuya mirada era hostil hacia el duque. Finalmente, vio al duque de pie justo detrás de Uslin. Max sintió que se le helaba el corazón. Solo con mirar a los gélidos ojos de su padre, pudo darse cuenta de lo enfadado que estaba. El duque habló entonces en voz inquietantemente baja.

—Ha pasado tiempo, hija mía.

Cuando ella se puso rígida y no dijo nada, la comisura de la boca del duque se dibujó en una sonrisa de advertencia.

—¿No vas a saludar a tu padre?

Leyendo la amenaza en sus palabras, Max rápidamente abrió los labios para hablar.

—Ha pasado tiempo… desde la última vez que nos vimos. Me alegro de que parezcas estar sano…

—He oído lo que ha pasado. Parece que has pasado por muchas dificultades.

El duque la interrumpió en mitad de su saludo y se sentó con elegancia en una lujosa silla forrada de gruesa seda. Luego, se abrochó los botones de la ropa con indiferencia mientras pronunciaba unas palabras que para ella no tenían sentido.

—Tu historia se está extendiendo por el castillo real. Cuando me enteré de lo que le pasó a mi pequeña, me quedé desolado.

—¡Su Excelencia!

Elliott, que estaba de pie en silencio detrás de ella, de repente levantó la voz. El grosero comportamiento provocó de inmediato que la ira se plasmara en el rostro del duque.

—¿No ve que se trata de una conversación entre padre e hija? Nadie tiene derecho a interferir en esta conversación entre familiares.

—El señor Calypse nos ha ordenado proteger a la señora.

—¿Estás diciendo que estoy amenazando a mi hija en este momento?

—¡Pero la señora aún…!

Elliot dejó de hablar de repente y miró a Max. Ella miró a su alrededor, confusa al no entender qué querían decir con su intercambio de palabras. El duque de Croix suspiró mientras la miraba.

—¿No he sido claro? Este asunto es algo que mi hija también debería saber. ¿Crees que sabes lo que es mejor para su bien más que yo?

Max se puso pálida como un pergamino ante las descaradas palabras del duque. ¡Cómo podía decir tales cosas sin pestañear siquiera! El duque levantó arrogantemente la barbilla, ni siquiera se inmutó ante la mirada penetrante que ella le dirigía.

—Ahora bien, dejadnos un poco de espacio. Quiero tener una conversación tranquila a solas con mi hija.

Los caballeros intercambiaron miradas y volvieron la vista hacia Max. Ella asintió de mala gana.

—Por favor, déjadnos un mo-momento. Estoy… b-bien.

—Estaremos en la habitación contigua… Por favor, llámenos en caso de que nos necesite.

Los caballeros se dieron la vuelta y salieron de la habitación. Cuando el sonido de la puerta al cerrarse resonó tras ella, Max se agarró el dobladillo del vestido con ansiedad. Su padre la miraba como si fuera a cortarla en pedazos. Sus nervios estaban muy tensos por la hostilidad que él emanaba. Sin embargo, al contrario de lo que ella esperaba, que la bombardeara con amenazas, el duque de Croix permaneció en silencio. Guardó un silencio inquietante. Incapaz de soportar el asfixiante silencio, Max finalmente abrió los labios y fue la primera en hablar.

—¿Por qué razón… Yo…?

—Prepárate para partir hacia el castillo de Croix de inmediato.

Max se congeló ante sus inesperadas palabras. Como si no pudiera soportar siquiera mirarla, el duque mantuvo la mirada en la ventana y continuó hablando con la misma voz grave y premonitoria.

—La unión de Rosetta a la familia real está en marcha. No puedo permitir que te quedes aquí en palacio. Prepárate para partir hoy mismo.

—P-p-pero…

Estaba tan nerviosa que no encontraba las palabras adecuadas. De repente, una expresión de disgusto apareció claramente en el rostro de su padre.

—En primer lugar, ¿en qué demonios estabas pensando al venir al castillo real? Deberías estar encerrada en el campo, guardando silencio… sin embargo, ¿cómo te atreves a venir aquí y avergonzarme?

Max tembló ante su tono cada vez más hostil, pero rápidamente apretó las manos con fuerza. Su padre no tenía derecho a ordenarle que fuera a donde le diera la gana. La única persona que tenía derecho a hacerlo era su marido, Riftan, y por eso no debería estar temblando como lo estaba ahora. Se repitió esos pensamientos y habló con toda la calma que pudo.

—No tengo intención de interferir con… Rosetta. Solo unos días más… Mi marido vendrá aquí para llevarme a mí. Hasta que lo haga… Voy a pasar desapercibida y permanecer en el palacio de la princesa.

—Ahora… ¿vas en contra de mi orden?

La voz del duque bajó un poco. Max trató de contenerse, pero su voz suplicante salió sin su acuerdo.

—Ri-Riftan pronto vendrá a Drakium… así que no puedo dejar el palacio. Padre tampoco quería que me divorciara.

—¡Te digo que te vayas ahora para que no acabes así!

El duque saltó de su asiento y se dirigió hacia ella. Max se apresuró a agarrar el pomo de la puerta. Sin embargo, las acciones de su padre fueron mucho más rápidas. Tiró de ella con dureza y le espetó al oído.

—¿Qué hombre viviría con una mujer que no tiene esperanzas de dar a luz a un sucesor? ¿De verdad crees que te llevará con él cuando venga a la capital? ¡Eres una idiota sin remedio! ¡Realmente tenías que deshonrar el nombre de la familia! Eso fue desastroso para que lo vieran todos los nobles.

—¿Qué… qué es lo que…?

—Ahora mismo, ¿eres siquiera consciente de que ni una ni dos personas en el Lugar Real de Drakium están cuchicheando sobre tu aborto? Hasta qué punto has perdido la cabeza que ni siquiera sabes que has tenido un aborto espontáneo.

Max no pudo comprender lo que su padre acababa de decir y solo pudo mirar sin comprender el rostro de su padre. ¿Un aborto? ¿De qué está hablando? Sus oídos latían con fuerza mientras su mente se nublaba en la confusión.

La sacudió violentamente por los hombros, medio alterada a medida que se enfadaba más y más, y le gritó con fiereza.

—El rey Rubén ha llegado a cuestionar la fertilidad de Rosetta por tu culpa. Se burló de mí en mi propia cara, ¡cuestionando que si Rosetta tendrá dificultades para tener hijos al igual que su hermana mayor! Ahora, ¿qué se siente al tirar de tu hermana menor hacia abajo también? Si este compromiso fracasa, ¿cómo demonios vas a asumir la responsabilidad?

—¡Yo, yo… yo… no perdí… un hijo! Debe haber… un malentendido…

El duque de Croix distorsionó su rostro y levantó una mano en alto, con la intención de golpearla. Max cerró los ojos con fuerza. Sin embargo, por mucho que esperara, el fuerte dolor no llegaba. Cuando volvió a abrir lentamente los ojos, vio que se daba palmaditas en el pecho en un intento de calmar su ira. Se dio la vuelta y cogió su bastón de marfil, que había colocado junto a la silla; luego, como si no quisiera seguir discutiendo, enderezó la postura y habló en tono firme.

—No hay nada que decir. Prepárate para irte inmediatamente antes de que vuelva. El divorcio debe posponerse, al menos hasta que el matrimonio de Rosetta haya terminado. El divorcio y la separación… ¡Es absolutamente inaceptable que por tu culpa se manche el nombre de la familia y se burlen de mi nombre entre la nobleza!

—Yo… N-no puedo ir. Cuando Ri-Riftan llegue… ¡él-él te lo dirá! Ri-Riftan dijo que no tenía intención de divorciarse de mí. Estoy diciendo la verdad.

Max agarró el dobladillo de su padre con urgencia. Pudo ver la cara del duque ferozmente distorsionada pero no pudo contenerse. Como si le temblaran los pies de ansiedad, no podía controlar su cuerpo y su mente se sentía como arrastrada por un torbellino.

—El a-aborto espontaneo… debe ser un e-error. Nunca había oído hablar de algo así. Fue por la magia… que mi cuerpo es tan débil…

—Realmente debes querer que te saquen de aquí.

El duque le apartó las manos furiosamente. Max lo miró con consternación. Sus ojos se llenaron de lágrimas calientes y soltó un fuerte sollozo. Se dio la vuelta, abrió la puerta con manos temblorosas y salió corriendo. Tal vez al oír su discusión, vio a Uslin, Elliot y la princesa Agnes salir corriendo de la habitación de enfrente. Max corrió hacia ellos de inmediato y preguntó cómo suplicante.

—¿Perdí a mi hijo? No, ¿verdad? Mi pa-padre lo ha entendido mal, ¿verdad?

—Maximilian…

El rostro de la princesa se distorsionó dolorosamente. Cuando Max leyó la respuesta en su rostro, le flaquearon las piernas y se tambaleó enormemente. Si Elliott no la hubiera agarrado rápidamente, se habría desplomado. Miró al suelo sin comprender, secándose la cara con brusquedad. Uno a uno, los recuerdos se agolpaban en su caótica cabeza. Una semana de inconsciencia, la gente mirándola con tristeza, su comportamiento cuidadoso a su alrededor y la mirada dolorosa en los ojos de Riftan. Max se tapó la boca con manos temblorosas. Le costaba respirar, como si alguien la estuviera ahogando.

—¿Co-Cómo es que no me lo dijiste antes? ¿Co-Cómo…?

—El comandante nos ha ordenado guardar silencio sobre lo sucedido.

Respondió Uslin con el rostro rígido.

—La señora estuvo a punto de morir. Fue una situación realmente grave, con su maná agotado y la hemorragia excesiva. Si además se le hacia saber a la señora que había sufrido un aborto espontáneo, es posible que tú tampoco pudieras soportar la conmocion…

—Conmoción por… el niño… niño, que perdí…

Max murmuró con expresión perdida mientras se llevaba una mano al vientre. Llevaba ahí dentro al hijo de Riftan y ahora ese hijo ya no está. No sabía cómo digerir ese hecho, así que estaba sumida en la más absoluta confusión. Perder un hijo que ni siquiera sabía que existía, no podía sentir el repentino golpe de la desesperación y el luto. En su lugar, se sintió entumecida, paralizada y con una débil y extraña sensación de pérdida. Al enterarse tan de repente, fue como si la sacaran de sus casillas. La princesa se acercó a ella y le dio unas palmaditas en el hombro.

—Maximilian, sé que te duele… pero podrás tener otro hijo en el futuro. Lo más importante ahora es que estés a salvo y recuperándote.

Max miró el rostro de la princesa con ojos borrosos. Por encima de aquellos hermosos ojos azules, se veía claramente un signo de simpatía. De repente, su corazón se aceleró violentamente. Sabía lo difícil que había sido para su madre biológica tener hijos y por cuántos abortos espontáneos había pasado antes de darla a luz. El duque de Croix siempre contaba lo incompetente que era su primera esposa. Sabía muy bien qué clase de trato recibiría una esposa que no podía engendrar un sucesor. También vio cómo la madre de Rosetta se debilitaba día a día y acababa muriendo en la cama de un hospital. Su corazón se hundió de miedo. No. Riftan era diferente a su padre. No la trataría con tanta dureza.

No sería tan cruel, pero…

Se mordió los labios. Al recordar sus ojos oscuros y hundidos, su corazón se estremeció de ansiedad. No podía culpar a nadie más que a sí misma si Riftan acababa resentido con ella. Él le rogó que se quedara en un lugar seguro y ella, egoísta y obstinada, rompió su promesa y lo siguió. No tenía excusa si él la culpaba de matar a su hijo por su imprudencia. Max se sujetó la cara en señal de agonía. Cuando pensó que Riftan podría no quererla más, todo su cuerpo tembló tan violentamente que no pudo controlarlo. Elliott fue urgentemente a consolarla.

—Señora, por favor, cálmese. Todo pertenece al pasado. Tiene que hacer las paces con sus sentimientos…

—¡Para y-y-yo no todo está en el pasado!

Max apartó la mano y gritó entre llantos. Uslin la miró con absoluta tristeza en los ojos. De repente sintió náuseas. Retrocedió un paso y se dio la vuelta bruscamente. Sin saberlo, el duque de Croix se le acercaba por detrás. En el momento en que se dio la vuelta, el duque la agarró con fuerza del brazo. Se tragó el gemido de dolor que le subió por la garganta al sentir sus dedos adornados con anillos dorados clavarse profundamente en su carne. Croix le puso un brazo sobre el hombro y habló sin rodeos a los caballeros.

—Llevaré a mi hija a mi castillo. Sería mejor y más cómodo para ella quedarse en su casa.

Los caballeros se opusieron entonces enérgicamente a la declaración del Duque.

—¡Lord Calypse llegará pronto! Sin su permiso, ir a cualquier parte…

—No soporto tener a mi hija en un lugar donde gente frívola cuchichea sobre ella. Todos aquí son insensibles e indiferentes a su situación.

El duque Croix suspiró y luego se volvió hacia Agnes.

—No hay nadie en Whedon que no haya oído hablar de las conversaciones de matrimonio entre la Princesa y mi yerno. ¿Se ha preguntado alguna vez su majestad cómo demonios verían a mi hija sus leales sirvientes?

El rostro de la princesa enrojeció ante las palabras del duque.

—¡No creo que mi relación con Riftan sea así en absoluto!

—¿Los leales sirvientes de su alteza piensan lo mismo que ella?

La princesa solo pudo mirar al duque con rostro pálido y cansado y giró la cabeza hacia otro lado. Los sirvientes que estaban de pie a un lado del pasillo inclinaron la cabeza al unísono. Al ver esto, el duque de Croix chasqueó la lengua.

—No me extraña, en palacio corren rumores maliciosos. No puedo permitir que mi hija permanezca aquí más tiempo. Me la llevaré a mi castillo, así que dile a Calypse que venga a mi castillo si tiene la voluntad de llevársela.

Agnes mantuvo la boca cerrada, sin poder encontrar más palabras para disuadirle. Uslin, que había estado mirando ferozmente al duque, volvió la cabeza hacia Max.

—Milady… ¿quiere volver al Castillo Croix?

—Yo, yo…

Max, que sólo podía escuchar la conversación como si no fuera asunto suyo, se estremeció y se sobresaltó cuando le hablaron. Levantó la cabeza y sintió que la mano del duque sobre su hombro se tensaba, como si la amenazara si no obedecía sus órdenes. El tacto frío y violento hizo que su corazón se apretara de miedo. Sin embargo, ahora tenía más miedo de ver a Riftan. Entonces murmuró sus palabras con voz vacía.

—Sí…

Sintió que se le calentaban las lágrimas de los ojos y se mordió los labios temblorosos para tragarse el llanto que estaba a punto de estallar.

—Quiero volver… al castillo Croix.

♦♦♦

Cada vez que soplaba el viento, las hojas muertas revoloteaban en el aire como polillas. Haciendo honor a su nombre, el otoño, la estación del viento, hacía que los fríos vientos del noreste soplaran sin cesar sobre las colinas. En medio del cielo azul y profundo, las aves migratorias sobrevolarían el río oscuro y el arrozal maduro y dorado se mecería como un mar dorado. Sentada en el carro, contemplaba la tierra de Croix que se acercaba cada vez más. Al final de esta vasta e interminable tierra de granero, había una prisión donde estuvo retenida durante incontables años.

 

19

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

error: Contenido protegido