Bajo el roble – Capítulo 93

Traducido por Ichigo

Editado por Hime


La desagradable visita que se repetía desde que cumplió 17 años había llegado de nuevo. Max se sentó de la silla en un intento de salvar su hermoso vestido de satén que la costurera había cosido con esmero durante dos semanas enteras.

En cuanto Max pidió ayuda a Rudis, el criado le trajo de inmediato agua caliente, un paño de lino limpio y un vestido nuevo. Max frunció el ceño, disgustada, y se limpió la sangre que tenía entre las piernas con una toalla húmeda y caliente; luego se puso una gruesa ropa interior de algodón forrada de lino, volviéndose a mirar varias veces frente al espejo para ver si había alguna mancha en sus caderas que se le hubiera pasado por alto. No le gustaba llevar la ropa interior, ya que hacía que sus caderas parecieran grandes como las de un pato.

La incómoda sensación de tener el bajo vientre dolorido, como si hubiera piedras frías alojadas en él, la molestaba. La idea de tener que soportar esto durante un mínimo de cinco días la hizo suspirar.

—No se desilusione demasiado, milady.

Max se volvió hacia Rudis con expresión perpleja ante las repentinas palabras de consuelo. La criada continuó hablando con cautela.

—Algunas parejas tardan más de tres años en dar a luz a su primer hijo. Si esperas con el corazón tranquilo, Dios te concederá el hijo más hermoso cuando llegue el momento adecuado.

Max parpadeó sin comprender. Solo entonces se le ocurrió que el inoportuno fenómeno que estaba experimentando significaba que no estaba embarazada de un niño. Max habló despacio mientras la ansiedad se apoderaba de ella.

—¿No es extraño… que haya llegado… tan tarde?

—Es que no es el momento adecuado.

La tranquilizó Rudis con una tierna sonrisa.

—Las expectativas de Milady deberían ser muy altas, ya que llegó a finales de mes. Es normal que a veces llegue tarde… no se preocupe tanto, señora.

Rudis parecía más decepcionada que ella cuando las palabras salieron de su boca. Max ni siquiera se había dado cuenta de que llegaba tarde. De hecho, su ciclo había sido más regular después de quedarse en Anatol. Antes tenía el periodo una vez cada dos o tres meses, y había veces que no le venía hasta pasados cinco meses.

Se mordió el labio, confusa. ¿Otras mujeres sangraban más a menudo que ella? ¿Y Rosetta? Entrecerró los ojos y tanteó con las manos intentando concentrarse y buscar en sus recuerdos, pero no le vino nada a la mente. Para empezar, las dos hermanas no estaban tan unidas como para intercambiar asuntos tan privados.

Al pensar en la posibilidad de no poder concebir un hijo porque tenía un gran defecto, un sudor frío recorrió su espina dorsal. El rostro demacrado y sin vida de su madre pasó por su cabeza. Max se dio la vuelta, tratando de ocultar su agitación y ordenó de pasada.

—Quiero beber un té calentito. Un té de hierbas… ¿Puedes prepararme un poco?

—Por supuesto, señora. Lo prepararé ahora mismo.

Cuando Rudis salió de la habitación, Max se desplomó impotente frente al escritorio y se apretó la cara. Quería decirle la verdad a Rudis y pedirle consejo, pero temía que se lo contara a Riftan. ¿Cómo reaccionaría él si se enterara de que a su mujer podría pasarle algo?

Sabía muy bien lo importante que era para los hombres tener un heredero, no cabía duda de que Riftan desearía un hijo varón para transmitirle el castillo y el territorio. Sentía una espina clavada en la garganta. ¿Seguirá queriéndola y cuidándola aunque corriera la misma suerte que su madre?

Max hojeó el pergamino con nerviosismo. Sin embargo, como el dolor en su estómago empeoraba a cada segundo, aunque fue capaz de ordenar sus pensamientos por un momento, se hizo añicos de inmediato. Miró sin rumbo las letras que nadaban en el pergamino antes de lanzar su pluma con frustración. Eso hizo que la tinta salpicara, creando una mancha desordenada en el escritorio. Max miró el desastre en silencio, luego bajó la cabeza contra el escritorio mientras escuchaba las gotas de lluvia golpear el cristal de la ventana.

¿Por qué me persiguen las preocupaciones?

Sus ojos se oscurecieron al pensar que una fatal podría añadirse a la lista de sus docenas de defectos.

Deja de darle vueltas. Rudi tiene razón, pero no es el momento, pensó desesperada. Esa era una vieja costumbre de ella, torturarse con el peor y más sombrío futuro que podría tener.

Tenía el marido perfecto que estaba más allá de lo que ella creía merecer; había más gente con la que podía hablar; tenía un lugar seguro y cómodo al que podía llamar hogar; estaba empezando a superar su tartamudez poco a poco; ¡incluso estaba aprendiendo magia!

Max se alejó de las preocupaciones que intentaban devorar su mente. Si Dios era de verdad misericordioso, ella creía que algún día le concedería la bendición de tener un heredero sano.

Riftan regresó a su habitación empapado por la lluvia. Su túnica estaba pesada por el agua y caía como las algas, revelando la forma de la armadura que llevaba debajo, y sus zapatos estaban cubiertos de barro. Max se levantó de la cama y le cubrió la cabeza con una toalla. Tenía las mejillas mojadas y frías como el hielo.

—Todo este tiempo… ¿han estado bajo la lluvia?

—Tuvimos que impedir que la tierra y el barro fluyeran por la carretera. No puedo dejar que el trabajo duro que hicimos durante los dos últimos meses se eche a perder.

Empujó la puerta con la espalda y se quitó allí mismo los zapatos llenos de barro y la bata empapada, evitando ensuciar la costosa moqueta del suelo, y los echó en una cesta.

—¿Está lloviendo… t-tanto? —preguntó Max, un poco sorprendida por todas las consideraciones que debía tener en cuenta.

—No creo que llueva mucho más. El problema es que el suelo ha sido debilitado por los monstruos. Además, el monzón de verano empezará dentro de un par de meses, así que es mejor estar preparado con antelación.

Se quitó toda la armadura y la ropa mojada. Max condujo a Riftan frente a la chimenea y le entregó una toalla lo bastante grande como para envolverle el cuerpo. Mientras se calentaba frente al fuego, los diligentes sirvientes llevaron a la habitación una bañera llena de agua caliente. Como siempre, Riftan pidió que se bañaran los dos juntos, pero Max se limitó a permanecer rígida con una expresión torpe dibujada en el rostro y le anunció que estaba “impura”. Él la miró con cara de desconcierto.

—Si tu cuerpo no está limpio, entonces puedes venir a lavarte conmigo.

Max se sobresaltó un poco de que un hombre capaz de hacer cualquier cosa dijera algo tan irreflexivo. Desde que llegó a Anatol, solo había tenido la menstruación cuatro veces: una cuando él no estaba, y las otras tres cuando él estaba bastante ocupado, por lo tanto no había habido necesidad de explicarle una situación tan embarazosa. Max tartamudeó, avergonzada.

—Es e-ese día…

—¿Ese día?

Max lo miró con lágrimas en los ojos. Su marido, al que ella consideraba el hombre más perfecto del mundo, mostraba una estúpida cara de despiste. Sus ojos iban de un lado a otro, pensando cómo podía ser tan despistado. ¿Cómo iba a explicarle su situación sin perder su dignidad?

—Lo que quiero decir es que… desde hoy hasta el fin de semana… no podemos…  hacer los deberes m-matrimoniales… debido a mi c-condición.

—¿De qué demonios estás hablando?

El rostro de Riftan se puso rígido.

—No hables con acertijos y explícalo con claridad. ¿Me estás rechazando ahora mismo?

La mandíbula de Max se quedó en blanco ante su tono interrogante. Parecía que no le quedaba más remedio que explicárselo con palabras contundentes para que él lo entendiera. Exclamó con lágrimas en los ojos.

—Hay sangre en m-mi cosa… ¡está fluyendo!

La sangre de la cara de Riftan se drenó en un instante. Los ojos de Max se abrieron de par en par al ver su rostro cincelado y bronceado volverse blanco como un trozo de pergamino. Se acercó y procedió a revisar cada rincón de su cuerpo con evidente conmoción y ansiedad.

—La sangre fluye… ¿dónde demonios está? ¿Cómo te has hecho daño? Muéstrame dónde, ¡tenemos que atenderte de inmediato!

A Max le aterraba la idea de comprobar de verdad de dónde manaba la sangre, pero Riftan parecía aún más asustado que ella. Max lo disuadió con desesperación, a quien intetaba despojarla de su ropa para identificar de dónde sangraba.

—¡No es nada de eso! No estoy herida. No estoy herida.

—¡Dijiste que estabas sangrando!

Cielos. De verdad no parecía tener ni idea de lo que las mujeres tienen que pasar. Max no sabía si reaccionar estallando en carcajadas o gritar de frustración. Decidió calmarlo primero y explicarle lo más calmada que pudo.

—En este mundo… todas las mujeres en edad de casarse… sangran de manera regular. Es algo muy… natural. Mi n-niñera dijo… que para poder tener hijos… esa es la prueba.

—¿Estás segura? ¿No estás enferma o herida?

Max asintió con convicción. Los ojos de RIftan se fruncieron un poco, mirándola con incredulidad y sospecha, y preguntó.

—¿De dónde demonios estás sangrando entonces?

Max se puso roja como una rosa. Nunca soñó con encontrarse en una situación tan embarazosa. ¿De verdad tenía que explicárselo todo ella sola? Dudó un momento y le susurró al oído, aunque no había nadie más cerca. Podían encontrarse en la misma circunstancia en el futuro, sería mejor para ella explicárselo todo de manera adecuada que verse sometida por más tiempo a una situación tan embarazosa.

—¿Es eso… cierto?

Tras escuchar su explicación, los ojos de Riftan se desviaron hacia ella, abriéndose de par en par con incredulidad. El color de su cara aún no había vuelto.

—¿Estás segura? Ahí abajo… ¿es normal que fluya la sangre?

—¡Es muy normal! Es algo por lo que todas las mujeres tienen que pasar.

—Esto debe haber ocurrido antes. ¿Por qué no me lo dijiste antes?

—Porque pensé… que lo s-sabías… s-seguro… Esto no necesita ser e-explicado… Mi niñera dijo… que si te lo contaba de forma indirecta… lo sabrías…

Para su sorpresa, las mejillas de Riftan se sonrojaron un poco. Riftan alzó la voz y dijo sus excusas, tratando de justificar su ignorancia.

—Maxi, crecí en un mercenario lleno de hombres. Después de ser nombrado caballero, he estado en expediciones y campos de batalla toda mi vida. ¿Qué diablos voy a saber yo de las mujeres? Lo único que sé es que las mujeres tienen pechos, que no hay forma de saber lo que piensan, ¡y que pueden tener hijos!

Max le miró dubitativa. Lo decía como si nunca hubiera tenido una amante íntima que pudiera haberle enseñado todo lo que hay que saber sobre las mujeres. Ella se mostró escéptica mientras recorría con la mirada su rostro anguloso y masculino, sus intensos orbes oscuros y su cuerpo cincelado; todo estaba en simetría. Era demasiado perfecto y guapo para afirmar que no sabe mucho de las mujeres.

Aunque Riftan no buscara de manera activa pareja, las mujeres se agolparían a su alrededor. Max recordó a las dos descaradas que coquetearon con él en el festival. Era poco probable que un hombre con deseos vigorosos como Riftan hubiera podido resistirse a tentaciones tan agresivas. Lo fulminó con una mirada de celos.

—Debes saber algo más que eso… sabías qué hacer… conmigo…

—¿Y tú?

Él arqueó una ceja, interrogante.

Max se mordió los labios, dudando en pronunciar las palabras que en otro contexto no saldrían de su boca.

—Antes de casarme contigo, Riftan, no sabía qué hacían las parejas con sus cuerpos. Pero Riftan… sabía cómo. Sabías c-cómo hacer eso… a m-mí… todo lo que sé, lo aprendí de ti…

Max estaba tan avergonzada que tartamudeó mucho, casi mordiéndose la lengua. Sonaba como si le estuviera acusando de utilizar con ella técnicas que debía de haber aprendido de otras mujeres, pero al mismo tiempo no sabía de qué otro lugar del mundo había aprendido eso. No entendía por qué se molestaba tanto y le preguntó sobre el tema. Riftan parecía más confundido que ella, ya que no entendía la intención de su pregunta. Entonces, abrió los labios para hablar, avergonzado en su lentitud.

—Bueno, el noventa por ciento de lo que dicen los mercenarios es lascivo. Cuando esos hombres abren la boca, alardean de sus técnicas para dar placer a las mujeres. Llevo oyendo ese tipo de cosas desde que tenía catorce años. Todo lo que sé es lo básico, por no mencionar que de seguro han exagerado más de la mitad de los hechos.

Explicó con expresión incómoda y la miró nerviosa. Se aclaró la garganta, tratando de alejarse de la embarazosa conversación.

—De todas formas, me alegro de que no estés herida. ¿Te duele algo?

—Me duele un poco el estómago… y me siento aletargada… pero es tolerable.

—Te ves pálida y cansada.

Le acarició la mejilla y suspiró, antes de volverse hacia la bañera.

—Me bañaré solo, así que túmbate en la cama y descansa.

Max obedeció en silencio y se metió bajo las sábanas. Ella se acurrucó en la cama y luchó contra el dolor palpitante mientras él se bañaba. Durante un largo rato, lo único que oyó fueron las suaves salpicaduras del agua a sus espaldas. Cuando por fin estuvo caliente, se puso unos pantalones de algodón y se deslizó junto a ella. Se metió bajo las sábanas y tiró de ella para abrazarla con fuerza mientras le frotaba círculos relajantes en el vientre dolorido con las palmas calientes de las manos.

Max dejó escapar un largo gemido ante el agradable alivio. Su cuerpo caliente detrás de ella derretía con suavidad sus músculos tensos. Riftan le pasó un brazo por debajo de la cabeza y le rozó los hombros y las mejillas con los labios.

—Odio que tengas que pasar por esto. ¿Con qué frecuencia ocurre?

—Um… es irregular.

Max respondió de forma vaga.

Su ignorancia fue en cierto modo bienvenida, ya que ella no quería que él supiera que ella era manchada en comparación con las mujeres promedio. Sintió alivio y culpa a la vez cuando se enterró en sus brazos. Aspiró su aroma único y tembló con dulzura. Riftan enterró la cara en su pelo y aspiró también su aroma, como si quisiera poseerla por completo, y luego dejó escapar un suspiro.

—Espero que termine pronto.

Podía sentir que él odiaba de verdad que ella sufriera, y no porque no estuviera disponible para satisfacerlo. Riftan continuó dibujando círculos relajantes en su apretado abdomen y acarició sus pálidas mejillas, como si fuera un delicado capullo de flor que pudiera marchitarse a la menor presión. Max apoyó la cabeza en su antebrazo y cayó despacio en un profundo sueño junto a él.

♦ ♦ ♦

La lluvia suave y ligera continuó durante varios días seguidos, salpicando las hojas verdes como rocío. A veces, el sol dorado asomaba tras las finas nubes de lluvia y sonreía con suavidad sobre el jardín. La serena belleza de la naturaleza calentaba el corazón de Max mientras estaba sentada junto a la ventana, estudiando las fórmulas mágicas que Ruth le había dejado.

En cuanto se le pasara el dolor del abdomen, pensaba recoger algunas hierbas, pasar por la torre de Ruth y estudiar cómo formular hierbas para uso medicinal. Intentaba con desesperación aprender todo lo que Ruth le había dejado para casos de emergencia. Todo había sido paz y tranquilidad en Anatol, pero no había garantía de que durara. Sin embargo, no era fácil aprender muchas cosas nuevas por sí sola, sin guía.

Anatol era una tierra llena de monstruos, lo que la sometía a ella y a su pueblo a cambios turbulentos. Nuevos problemas, grandes y pequeños, surgían por doquiera en medio de sus ajetreadas vidas. En solo su casi medio año de estancia en Anatol, Max se había encontrado con más cambios que en sus veintidós años. De estas experiencias aprendió lo valioso que era estar siempre preparada. No podía permitirse perder el tiempo paseando con tranquilidad.

Max se levantaba tan temprano como podía por la mañana, estudiando hierbas mágicas o medicinales. En su tiempo libre, iba a la enfermería y trataba a los heridos como lo habría hecho Ruth. Cuando empezó, los soldados se sentían incómodos y cansados de la presencia de la Dama del Castillo de en la enfermería pero ahora la aceptaban como si fuera su lugar natural.

Max siempre sacaba tiempo para visitar la enfermería y aplicar magia curativa al menos a cinco o diez hombres heridos. Después, trataba dolencias comunes como resfriados, dolores de cabeza e insomnio con diversos remedios a base de hierbas. Dedicando tanto tiempo y fuerzas a este trabajo, no había forma de que siguiera ocultándoselo a Riftan.

Aquel día Max pasó como de costumbre por la enfermería para curar las heridas leves de los guardias y soldados cuando, de repente, sintió un siniestro escalofrío a sus espaldas. Se giró despacio y vio a RIftan, con su cuerpo alto y dominante bloqueando por completo la estrecha entrada a la enfermería, mirándola con atención.

Al ver la expresión fría y endurecida de su rostro, Max tragó saliva con nerviosismo. Hebaron estaba detrás de él meneando la cabeza como si supiera lo que se avecinaba, y Gabel se limitó a mantener la boca cerrada y encorvar los hombros como si le pesara la culpa.

Riftan se acercó a ella como un tigre depredador.

—¿Te importaría explicarme qué está pasando aquí?

—Han herido a un soldado… Estoy aquí para curarlo…

Max movió los ojos nerviosa y cuando encontró al soldado con la pierna rota, le lanzó rápido un hechizo curativo. La expresión de Riftan se endureció aún más y entrecerró aún más los ojos. Ella se enderezó y le sonrió con rigidez.

—Ahora… creo que hice t-todo lo que pude aquí… tengo otro trabajo que atender.

Intentó escabullirse, pero, por supuesto, Riftan no iba a dejarla marchar tan fácil. Gruñó mientras la agarraba de los brazos, con fuerza.

—He oído que hace tiempo que empezaste a hacerte pasar por curandera aquí. ¿Por qué me entero ahora?

—Siempre estás tan ocupado. Yo… no quería molestarte… con algo tan poco importante…

La rabia de Riftan solo se intensificó ante su excusa a medias.

—¡Déjate de idioteces! Me lo ocultaste a propósito.

—No lo oculté… no dije nada…

—¿Eso es todo lo que tienes que decir? Maldita sea, no sabía lo que mi esposa estaba haciendo todo el día. ¡Me siento como un tonto! ¡¿Cómo pudiste hacer esto a mis espaldas sabiendo lo mucho que me importas?!

Max, que sudaba e intentaba pensar en algo plausible como excusa, frunció el ceño de repente. ¿Por qué demonios estaba escuchando esas acusaciones de él? Mientras los pensamientos de sus esfuerzos fluían por su cabeza, Max empezó a enfadarse.

Ella le miró a los ojos; su expresión llena de rebeldía.

—¿Qué he hecho mal?

—¿Qué…?

—Solo curé a los c-caballeros heridos. ¿Es eso algo malo? ¿Es algo… por lo que me tienen que regañar?

—¡Maldita sea, no cambies de tema! ¡La última vez me prometiste que no volverías a pasarte…!

—¡No estoy exagerando! Llevo dos semanas sin agotar mi maná y no me he mareado ni una sola vez —argumentó.

Se negó a no mantenerse firme y cuando el rostro de Riftan mostró un leve temblor, Max continuó su ataque.

—Y no estoy haciendo nada p-peligroso. Solo estaba cuidando de los h-hombres heridos… dentro del castillo donde es s-seguro.

—¡Maldita sea! ¡Eres la esposa del Señor, mi esposa! ¿Por qué juegas a ser sanadora?

—¡Porque puedo hacerlo!

Max lo reprendió, sorprendida por su atrevimiento.

Había vivido toda su vida enfangada en la obsesión de ser una inútil tartamuda que no podía hacer nada. La niñera le recordaba todo el tiempo que las palabras de un marido son ley para una esposa.

Debe obedecer sin importar qué y aceptar todo lo que hace. Pero aquí estaba ella ahora, desobedeciendo y discutiendo con su marido. ¿Se había vuelto loca?

Calmándose un poco, Max habló en un tono más suave mientras se tragaba el nudo que tenía en la garganta.

—Ahora… no hay nadie excepto yo que pueda usar magia curativa en este castillo. No trabajaré demasiado y… ahora tengo más maná… así que no tienes que preocuparte de que vuelva a enfermar.

Ante su tono dócil, Riftan también se calmó e intentó hablar con Max.

—Contrataré a un sanador lo antes posible. Odio la idea de que hagas esto. ¿Por qué insistes en hacerlo sin necesidad?

—¿Por qué… por qué no puedo esforzarme yo también? Riftan… Ruth y todos los caballeros… hacen todo tipo de tareas difíciles todos los días… ¿por qué soy la única que no puede?

—¡Maldita sea! ¡Eres diferente a nosotros, eres la hija de un duque!

En su arrebato, Max se puso roja. Por primera vez en su vida, se sintió abrumada por la necesidad de golpear a alguien.

—¿Q-Qué significa eso? La princesa Agnes… puede hacer todo tipo de cosas peligrosas. ¡¿Qué tiene de especial la hija de un duque?!

Riftan se quedó sin habla. No encontraba palabras para rebatir su argumento. Hebaron, que miraba a un lado con los brazos cruzados, silbó.

—¿Han arrinconado al comandante?

Riftan lo fulminó con la mirada antes de volver a centrar su atención en ella.

—¡La princesa es una maga de alto nivel que ha acumulado años de experiencia desde su infancia! ¿Cómo te comparas con ella? —espetó y respiró con dificultad.

Incluso Hebaron, que observaba la pelea de la pareja con una sonrisa burlona, se cubrió la frente con la palma de su mano ante la pura estupidez de la imprudencia de su comandante.

Max miró a Riftan y bajó la cabeza, derrotada, mientras sus ojos se llenaban de lágrimas. No podía discutir porque sabía que era cierto, pero ¿tenía que gritarle su incompetencia delante de todos? Sintió que su dolor aumentaba.

—Maldición… lo que quise decir fue…

Max se llevó la mano al hombro. Riftan se puso rígido en shock por su acto invisible de grosería, pero Max solo lo miró antes de salir y dar un portazo.

—Por el momento…. ¡no quiero verte!

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