Dinero de consolación – Capítulo 112: Los rumores del reino en el puerto

Traducido por Herijo

Editado por YukiroSaori


Al día siguiente, regresé al puerto para preguntar por el paradero de Liren y Haith. Al parecer, habían entablado una buena relación con el capitán Bähr y su tripulación; durante el día, los dos disfrutaban de sus salidas juntos y, al anochecer, regresaban al puerto.

Me sentí aliviada.

Mi suspiro debió de ser muy evidente.

—Señorita, parece que usted también tiene las manos llenas, ¿eh?

El capitán Bähr sonrió y me dio una palmadita en la espalda.

—No tanto.

—Oh, vamos. ¿No está Welka dividida en dos facciones ahora mismo?

Cuando ladeé la cabeza, confundida, el capitán Bähr me lanzó una mirada que parecía decir: ¡No puede ser que hable en serio!

—Como sabes, el rey Welka no tiene hijos, así que se esperaba que su sobrino, el hijo de su hermana menor, fuera el próximo rey. Pero entonces, tras casarse con una novia extranjera y esta quedar embarazada, el reino se dividió en dos facciones: la del rey y la de la hermana del rey.

Sonaba como el tipo de lucha de poder que se ve a menudo en las novelas, y el capitán Bähr parecía ansioso por pintarlo de esa manera.

—Pero, ¿no parecían llevarse muy bien la señorita Lanfa y el niño en cuestión?

—¿Eso cree? En las tabernas no se habla de otra cosa.

Entonces, ¿el problema no venía de los implicados, sino de las propias facciones?

—Si el hijo del rey resultara en un varón, no habrá ningún problema.

—¿De verdad? A mí me parece que tener a una reina en el trono sería bastante impresionante tambien.

Ya fuera niño o niña, si la señorita Lanfa lo criaba, sin duda se convertiría en un gobernante extraordinario. No podía ser la única que pensara así.

—Si es un hijo de la señorita, seguramente sería hábil para gobernar de cualquier modo.

Si se pareciera a Su Alteza, probablemente sería un gobernante prudente.

—Bueno, mientras no la arrastren a usted al problema, no es asunto mío.

Aunque su tono era despreocupado, tuve la sensación de que el capitán Bähr me ayudaría si alguna vez me veía envuelta en ello. Desempeñaba bien el papel de hermano mayor.

Este no era un asunto en el que una forastera como yo debiera entrometerse. La señorita Lanfa no me había consultado al respecto, así que lo mejor era ignorarlo.

—No vaya a meter las narices donde no la llaman.

—Por supuesto que no.

No tenía intención de involucrarme, pero sin duda debía informar a Su Alteza sobre esto.

—Y no le cause problemas al príncipe.

A pesar de lo que dice, creo que al capitán Bähr le agrada de verdad Su Alteza.

—Ya tiene suficiente con usted, señorita. Deje que se relaje mientras están separados.

Siempre había considerado al capitán Bähr como una especie de hermano mayor para mí, pero su forma de actuar me hizo sospechar que tal vez fuera más bien el hermano mayor de Su Alteza.

Lo sentí como una traición y me dejó una pequeña sensación de soledad. Como mínimo, todos los que habían venido conmigo parecían vivir en paz.

Los dos guardias que me habían acompañado a palacio habían sido llevados por la guardia palaciega para entrenar, pero decidí no pensar más en ello.

Si me preocupo por eso, pierdo.

—¿Oh?

Justo cuando estaba hablando con el capitán Bähr, vi al primer ministro caminando a toda prisa por el mercado del puerto. Parecía perseguir a un niño de unos cinco o seis años.

Al mirar más de cerca, el niño se parecía a joven Drado.

—¡Por favor, espere, amo Drado!

—¡Primer ministro, no es necesario que me siga!

—¡Las calles están llenas de lugares peligrosos!

—¡Tengo guardias, así que estaré bien!

La voz servil y melosa del primer ministro mientras perseguía a Drado lo hacía parecer un tipo repulsivo, incluso desde la perspectiva de un extraño. Mientras debatía si intervenir, el capitán Bähr habló.

—También hay rumores sobre el primer ministro.

—¿Rumores?

El capitán Bähr resopló.

—Mírelo. Dicen que quiere convertir al sobrino del rey en el próximo gobernante, casar a su nieta con la familia real y hacerse con el control de la monarquía.

¿No era esa una razón demasiado simplista para su adulación hacia Drado?

—También se dice que está presionando a Rasco, el esposo de la hermana del rey, para que acepte trabajos usando sus influencias.

Si eso fuera cierto, este primer ministro sería material para un villano de segunda en una novela.

—Al parecer, el rey incluso ha enviado espías para reunir pruebas de las fechorías del primer ministro. Pero eso se lo oí a un borracho, así que podría ser solo una ilusión de la gente común.

El capitán Bähr sonrió levemente.

—Mientras hablábamos, el primer ministro y el niño se han escapado.

El capitán Bähr se rio entre dientes.

—¿Me has entretenido a propósito?

—Si mete las narices donde no debe, el príncipe se enfadará con usted.

A pesar de sus bravuconadas, creo que al capitán Bähr le agrada genuinamente Su Alteza.

Dejé escapar un pequeño suspiro.

Cada vez que menciona a Su Alteza, hace que lo eche de menos. Ojalá dejara de hacerlo. Al final, renuncié a perseguir a Drado y al primer ministro. Si el primer ministro intentaba ganarse su favor, no le haría daño al niño ni lo secuestraría.

♦♦♦

Por cierto, había mencionado que quería volver a la posada, pero en lugar de eso, todas mis pertenencias habían sido trasladadas a palacio. Cuando le informé a Su Alteza de que tendría que quedarme en palacio un poco más, soltó un suspiro exagerado.

—¿Acaso planeas volver? No, si lo dices directamente, se me podría romper el corazón.

De algún modo, Su Alteza parecía agotado.

—Su Alteza, ¿se encuentra bien?

Cuando pregunté, preocupada, Su Alteza exhaló profundamente.

—Vuelve pronto y devuélveme la tranquilidad.

Su sonrisa denotaba cansancio.

—Ahora mismo, tengo unas ganas irrefrenables de abrazarte, Alteza.

Las palabras se me escaparon antes de poder detenerlas, y Su Alteza pareció consternado.

—Podrás abrazarme todo lo que quieras cuando regreses.

Sus gentiles palabras reconfortaron mi corazón, pero cuanto más veía a la señorita Lanfa y al rey Welka ser afectuosos, más extrañaba a Su Alteza.

Tengo que volver pronto.

En el momento en que reafirmé ese pensamiento, un golpe resonó en mi habitación.

—Tengo un mal presentimiento sobre esto.

—Su Alteza, ¿sabe cómo llaman a ese tipo de palabras en el mundo?

—Creo que lo llaman una «bandera».

Sí, levantar una bandera, hacer que algo destaque, presagiar un desenlace inevitable. Banach me lo había enseñado. Desde que se convirtió en el ayudante de Mathilda, se había vuelto increíblemente acertada.

Mientras me maravillaba del gran calibre de nuestro personal, mi mente divagó, buscando una vía de escape.

—Señorita Knocker, ¿me permite un momento de su tiempo?

La voz era suave pero resonante, la de un hombre maduro. La reconocí, pero no pude ubicar de quién era hasta que abrí la puerta: allí estaba Rajita.

—¿Joven Rajita?

—Veo que está en mitad de una comunicación con el príncipe Palacio, pero ¿podría molestarla para una breve conversación?

Rajita tenía un aire de desesperación. No era tan desalmada como para rechazarlo sin más.

—Por favor, entre.

Mientras lo invitaba a pasar, pude oír a Su Alteza suspirar a través del comunicador, pero lo ignoré.

—Le pido disculpas por interrumpir su importante momento juntos.

Rajita se inclinó profundamente.

—No hay necesidad de formalidades.

A instancias de Su Alteza, Rajita se enderezó y respiró hondo antes de hablar.

—Señorita Knocker, es usted famosa por su sabiduría, su ingenio y por resolver numerosos casos difíciles. He venido a buscar su consejo.

—¿A quién se refiere?

Cuando ladeé la cabeza, Rajita sonrió cálidamente.

—A usted, por supuesto.

No recordaba haber resuelto ningún caso difícil.

—He oído las historias que circulan entre los mercaderes. Aunque no lo creo todo, sus logros son bien conocidos incluso en este reino.

La mayoría de los «casos» eran probablemente invenciones. Si se tratara de negocios, podría haber algo de verdad, pero no se me ocurría nada relacionado con incidentes.

Tuve el fuerte presentimiento de que cualquier cosa que Rajita estuviera a punto de decirme me traería problemas.

Para cuando me di cuenta, ya había empezado a hablar.

—Puede que ya lo sepa, pero Welka se enfrenta actualmente a una crisis.

Una introducción tan grandilocuente me hizo desconfiar de lo que vendría después.

—¿Está familiarizada con la división de facciones en Welka?

Entonces caí en la cuenta: era el mismo tema que el capitán Bähr había mencionado antes.

—Las facciones que apoyan al rey de Welka y a la señorita Cassandra, ¿correcto?

Rajita negó con la cabeza.

—No. Son los que apoyan al futuro heredero del rey y los que apoyan al hijo de la señorita Cassandra, el joven Drado. ¿Entiende lo que esto significa?

Su expresión era sombría.

Debía de saber que discutir esto con un miembro de la realeza extranjera no le haría ningún favor a Welka.

—¿Significa eso que no se están considerando los deseos de los propios implicados?

Ante la deducción de Su Alteza, Rajita esbozó una sonrisa llena de dolor.

—Nuestro rey ama a su hermana tanto como a su consorte, y la señorita Cassandra no alberga ningún deseo por el trono.

—Así que son solo los nobles armando problemas por su cuenta.

Incluso a través del comunicador, Su Alteza era tan agudo como siempre.

—El líder de la facción del joven Drado es su padre, Rasco.

Rajita bajó la mirada con tristeza.

—Y es culpa mía que se convirtiera en el líder de la facción.

Sus palabras provocaron un pesado silencio en la habitación.

—Me convertí en el segundo esposo de la señorita Cassandra hace unos seis años. El nuestro no fue un matrimonio por amor.

—¿Un matrimonio político, entonces?

Me pregunté si tales acuerdos eran comunes en todos los reinos, pero Rajita volvió a negar con la cabeza.

—Si al menos fuera tan simple.

Se quedó mirando un rincón del techo por un momento antes de continuar lentamente.

—Nací en la familia de un barón con una gran aptitud divina. Debido a eso, me enviaron a vivir a la iglesia como sacerdote desde muy joven. Con el tiempo, me convertí en el sumo sacerdote más joven de la historia.

Aunque sus logros sonaban impresionantes, el semblante de Rajita permanecía sombrío.

—Pero eso solo hizo que los demás me tuvieran resentimiento. Al poco tiempo, me criticaban por todo, e incluso los sacerdotes mayores que antes me habían apreciado empezaron a tratarme como si no existiera.

Ah, en resumen, había sufrido acoso.

—Fue la señorita Cassandra quien me salvó cuando estaba en mi peor momento.

La sombra en el rostro de Rajita se disipó ligeramente mientras se reía entre dientes.

—Como la «Diosa de la Guerra», siempre estaba cubierta de heridas, así que necesitaba mi magia curativa. A cambio, casarme con un miembro de la realeza elevaría mi estatus como sacerdote. Nuestros intereses coincidían.

Así que por eso lo llamaba un matrimonio sin amor.

—Sin embargo, la señorita Cassandra ya tenía un esposo al que amaba: Rasco. Mi repentina aparición como segundo esposo lo volvió profundamente receloso.

Rajita cerró los ojos y exhaló.

—Rasco era el segundo hijo de una acaudalada familia de mercaderes, no era de cuna noble. Por mucho que le expliqué que nuestro matrimonio era sin amor, se negó a creerme.

Vaya, esto daría para una novela. ¿Estaría mal pensar en ello más adelante?

Probablemente no había previsto que yo estaría pensando esas cosas.

—Para empeorar las cosas, después de mi matrimonio con la señorita Cassandra, ella quedó embarazada del joven Drado. Eso solo profundizó la inseguridad de Rasco… Como sacerdote, mi relación con la señorita Cassandra es puramente casta, así que debe de saber que el niño es suyo.

—¿Cómo es que ese malentendido escaló hasta convertirse en un conflicto entre facciones?

Entendí a qué se refería Su Alteza.

—Porque si el joven Drado se convierte en el próximo rey, Rasco sería el padre del rey.

Era como algo sacado de una historia llena de clichés.

—La señorita Cassandra aprecia profundamente a Rasco. No hay necesidad de tales preocupaciones.

Rajita parecía preocuparse tanto por la señorita Cassandra como por Rasco.

Cargaba con la culpa por la brecha que su presencia había causado.

—Nunca he conocido al joven Rasco, así que no puedo decir mucho, pero espero que puedan reconciliarse.

Odié lo genéricas que sonaron mis palabras.

—Yo también lo espero.

Rajita sonrió con amargura.

No pude evitar querer hacer algo por él. Cuando miré a Su Alteza, me estaba observando con exasperación. Debió de haber sentido mi preocupación.

—No te involucres.

La advertencia de Su Alteza cayó en oídos sordos.

—Respóndeme.

Sonreí con dulzura y alcancé el comunicador.

—¿Oh, vaya? La conexión parece mala… Apenas puedo oírlo, Su Alteza.

—Esa es una mentira tan transparente…

Corté la comunicación.

Sin duda, me enfrentaría a su ira más tarde, pero no había más remedio.

—Entonces, ¿estaría dispuesto a reunirse con el joven Rasco mañana?

Cuando me dirigí a Rajita como si nada, pareció sorprendido.

Guardé el comunicador con cuidado y le sonreí.

—Después de todo, hay que escuchar a todas las partes implicadas para formarse un juicio justo.

—¡M-Muchas gracias!

Aunque la mirada esperanzada de Rajita reconfortó mi corazón, me guardé para mí que si las cosas parecían imposibles después de la reunión, volvería a casa de inmediato.

La señorita Lanfa estaba involucrada, y como su amiga, quería ayudar, pero había límites. Todo dependía de lo que Rasco tuviera que decir.

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