Emperatriz Abandonada – Extra I: ¿Vivieron felices para siempre? (2)

Traducido por Lugiia

Editado por Yusuke


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Tras permanecer en un silencio aturdidor, Jieun se levantó de repente y salió corriendo. Las sorprendidas doncellas se apresuraron a correr tras ella.

Probablemente lo han oído todo.

Pensando que se burlarían de ella a su espalda, Jieun les gritó con rabia que no la siguieran mientras se daba la vuelta y salía sola del palacio.

Caminó hasta llegar a un rincón de los jardines y se tumbó, con la mirada perdida en el cielo. El cielo negro estaba lleno de estrellas brillantes, lo que le recordaba que este lugar no era de donde ella provenía. De repente, cayeron lágrimas calientes en sus mejillas

—Mamá, papá, Jisoo.

Nunca había querido convertirse en emperatriz. Cuando terminó sus estudios nocturnos y se dirigía a casa, encontró una moneda muy brillante y la recogió fascinada.

Entonces, de repente, un mareo se apoderó de ella y perdió el conocimiento. Cuando abrió los ojos, el mundo entero había cambiado. Los extranjeros estaban vestidos con trajes peculiares y hablaban en un idioma confuso, diciendo cosas sobre un palacio y un imperio.

Les había dicho que dejaran de decir tonterías y que la enviaran a casa, pero nadie la escuchó. Pensó que podría haber sido un sueño y trató de dormirse, pero las cosas seguían igual aunque pasaran varios días.

Cuando la ansiedad empezaba a abrumarla, un hombre que parecía ser de alta posición vino a verla.

Un traje lujoso e impecable, un comportamiento frío que transmitía una sensación de autoridad y un cabello azul intenso que no existía en la Tierra. Se había presentado como el príncipe heredero y le había pedido que se quedara aquí ya que era la Hija de la Profecía.

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Al cabo de unos días, se dio cuenta de que aquello era una realidad, no un sueño. Era un lugar completamente diferente de la Tierra en la que solía vivir; similar a la Europa moderna temprana de la que había oído hablar en clase. Entonces, el emperador falleció y el príncipe heredero se convirtió en el nuevo emperador.

Pensó que aquel asunto no tenía nada que ver con ella y solo había estado ideando la manera de volver a casa cuando, de repente, un duque vino a visitarla y le dijo que ella era la verdadera Hija de la Profecía, la consorte del emperador decidida por Dios. También le dijo que se celebraría una boda junto con la coronación.

Ella pensó que era ridículo. Aunque se habían acercado un poco, ¿cómo podía casarse con alguien tan frío como él? Su sangre era tan fría que ni siquiera había derramado una sola lágrima cuando su padre había muerto. Sin embargo, el duque la intentó convencer una y otra vez. Llegó a darse cuenta de que el emperador era una persona cálida, y se preocupaba por ella profundamente a pesar de no demostrarlo en el exterior. También la había amenazado un poco, diciendo que el mundo fuera de palacio era peligroso y que sería difícil para una chica vivir sola.

En cuanto escuchó eso, se llenó de miedo. En este mundo que no tenía ningún concepto de los derechos humanos, en un lugar donde no sabía nada, no podía vivir sola. Por lo tanto, no tuvo más remedio que permitir el matrimonio con la condición de que pospusieran la consumación.

Razonó consigo misma. Según lo que había dicho el duque, el emperador podría amarla. Si una persona tan fría como él podía ablandarse con ella, tal vez podría surgir el amor. Se consoló pensando en el dicho de que era mejor que una chica se casara con un hombre que la amara y no con un hombre que ella amara.

Después de convertirse en emperatriz, se pasaba el día enfrascada en los libros. Sabía hablar el idioma, pero no tenía ningún conocimiento a fondo sobre ese mundo y, aunque pudiera hablarlo, no podía leer el idioma.

Sin embargo, por mucho que estudiara, no conseguía mejorar con facilidad, y le dolía la cabeza por haber sido instruida en tantas costumbres por una estricta dama noble que afirmaba que eran cualidades básicas que debía tener una emperatriz. Lo que le permitía soportar una vida así era Ruveliss, quien escuchaba sus quejas sin palabras.

Pero un día, se encontró con ella.

El día que salió corriendo sin rumbo del palacio, estremecida por las repetidas lecciones, se escondió entre los arbustos para no ser encontrada por las doncellas.

Fue entonces cuando la vio. Una larga melena plateada que brillaba bajo la luz del sol, sosteniendo en una mano una sombrilla de color crema claro. La chica, quien parecía tener la edad de Jisoo, era muy delgada y pequeña.

La elegancia brotaba de ella, incluso a primera vista, mientras caminaba con ligereza y sin un solo ruido, con un vestido largo que parecía rozar el suelo.

En ese momento, Jieun se dio cuenta.

Era el paseo elegante del que había hablado su profesora de etiqueta, era lo que la gente llamaba una dama noble.

Ella sintió mucha curiosidad por saber qué clase de persona era esa chica y preguntó a las doncellas por ella, pero todas se limitaron a marcharse torpemente sin darle una respuesta. Una joven doncella había dicho por accidente «inferior», pero esa era su única pista. Ruveliss también había tenido una expresión rígida al decirle que no tenía por qué saberlo.

Jieun supuso que era una princesa. Parecía tener esa edad, solo los miembros de la familia imperial podían vivir en el palacio.

Como Jieun quería acercarse a ella, la observó durante unos días. Llegó a descubrir que la chica siempre iba a un pequeño jardín en la esquina del palacio interior para dar un paseo a una hora regular. Fingió que era una coincidencia y se acercó a ella. Le gustó mucho la chica que la saludó con elegancia, tan bonita como un cuadro, con sus ojos dorados ligeramente bajados.

Exudaba un carisma diferente al de Ruveliss, con su voz controlada que no era ni demasiado fuerte ni demasiado suave. Jieun estaba asombrada, pensando que la familia imperial estaba en un nivel completamente diferente y la admiraba, queriendo ser como ella.

Sin embargo, la chica siempre se distanciaba. Jieun se sintió decepcionada, pero se propuso acercarse a ella para aprender los secretos de un comportamiento tan elegante, de modo que pudiera convertirse en una emperatriz digna.

Por eso, cuando se dio cuenta de que la chica era en realidad la concubina, conocida también como la reina inferior y la segunda esposa del emperador, Jieun se quedó muy sorprendida. No se le había ocurrido que Ruveliss tuviera otra mujer, y mucho menos que fuera esa chica. Estaba confundida ante esta verdad, ya que había llegado a abrir su corazón poco a poco, y también se sentía extremadamente culpable hacia la chica.

Había escuchado que ella había sido elegida para ser su esposa desde su nacimiento, pero que de repente le habían robado a su prometido con la repentina aparición de Jieun.

Jieun pensó en cómo siempre había hablado de Ruveliss a la chica sin saber nada, y cómo se habría sentido ante sus comentarios. Finalmente, no pudiendo soportarlo, Jieun le hizo una visita para disculparse. Se habría sentido mejor si la chica hubiera gritado al menos que la odiaba o algo así, pero inesperadamente, su expresión no mostró mucho cambio. Se limitó a decir con calma que el puesto de emperatriz no era suyo para empezar.

Jieun no podía entender cómo era eso posible. Si fuera ella, se habría sentido asqueada por su prometido que la había traicionado y por la persona que lo había robado, pero la chica no mostraba ninguna emoción de ese tipo. Eso solo enfureció a Jieun, y comenzó a decir todo lo que se le ocurrió.

Después de escupirlo todo, se dio cuenta de que había hablado con demasiada dureza y vaciló al intentar disculparse, pero fue incapaz de decir una palabra ante la visión desconocida que vio cuando levantó la cabeza. Aquellos ojos dorados, que siempre habían estado tranquilos, ardían en fuego y goteaban frialdad. El cuerpo de Jieun se congeló ante la voz monótona de la chica.

Cuando la chica le preguntó por qué había aceptado ser la emperatriz, una parte del corazón de Jieun se enfrió. Su conciencia culpable se pinchó cuando le dijo que debía responsabilizarse de sus propias decisiones y que el cargo de emperatriz no era uno en el que uno pudiera simplemente sentarse y pensar solo en volver a casa.

Solo se había convertido en emperatriz para tener garantizada una cama caliente y comida, ya que había sido arrojada de repente a un mundo desconocido. No había pensado ni una sola vez en lo que significaba realmente el cargo. Se sintió pequeña ante el frío enfado de la chica que siempre había trabajado tan duro por el puesto.

Jieun le dijo a Ruveliss que la dejara y que tratara bien a la chica. Aunque le dolía el corazón, pensó que eso era lo correcto. Así que hizo oídos sordos a sus repetidas persuasiones.

Sin embargo, se sintió incómoda en el momento en que él se fue. Pensando en los dos juntos, el corazón de Jieun se hundió.

Ambos desprendían un carisma frío y sin emociones, además de una elegancia y dignidad de gobernantes. Eran, en efecto, una pareja que encajaba, y Jieun pensó que lo correcto era que la chica permaneciera junto a Ruveliss en lugar de ella, pero aun así, se sintió molesta cuando pensó en que los dos estuvieran juntos.

Le preocupaba que él se enamorara de ella, y que la apartara fríamente, pensando entonces que su amor fue un engaño.

Mientras Jieun revoloteaba cerca del palacio de la reina inferior, intentó leer la expresión de Ruveliss, quien había regresado con una expresión rígida y congelada, y trató de encantarlo. Le dijo que no volviera a visitar a la chica si no quería, y le sonrió con alegría cuando él aceptó dócilmente. Se dijo a sí misma que, dado que él y la chica nunca se llevaban bien, no era ella la que se interponía entre ellos y que no le había robado seduciéndole.

Jieun trató de convencerse a sí misma de que, aunque no tenía a nadie más que a Ruveliss, la chica tenía muchas otras cosas para ella, así que estaría bien, y que no había razón para sentirse culpable.

Cuando descubrió que estaba embarazada, su cuerpo tembló de traición. Empezó a odiar a la chica, que no le había dicho nada a pesar de que Jieun la había visitado hace unos días.

Se sintió celosa cuando él sonreía débilmente, y apretó los dientes al escuchar cómo todo el mundo la alababa. Aunque era cierto que Jieun era la que estaba a su lado, de alguna manera se sintió derrotada.

No puso ninguna excusa. Solo dijo que no visitaría a la chica en el futuro, y que solo amaría y atesoraría a Jieun.

Aunque era difícil aceptarlo, se esforzó por amar al hijo de aquella mujer. No hizo caso a su corazón, que le gritaba que era inaceptable, y se esforzó por, al menos, no odiar al niño, aunque no pudiera amarlo.

Sin embargo, el niño finalmente no vio la luz del día. Aunque Jieun se sintió mal, en realidad se alegró de no tener que ver a un hijo suyo dado a luz por otra mujer, y pensó que era cruel por sentirse así.

Aunque las cosas podrían haber sido diferentes si hubiera averiguado el motivo del aborto, Jieun no sabía por qué la chica había perdido el bebé en aquel momento. No había ninguna doncella lo suficientemente cercana como para contarle los rumores que corrían, ya que era tratada con desprecio en la sociedad debido a su mala etiqueta.

Cuando se enteró de que estaba embarazada de él, se alegró y se preocupó a la vez. Jieun recordó el sentimiento de miseria que habría sentido esa chica en aquel entonces. Por eso le rogó que la dejara salir del palacio con dos guardias reales.

El tiempo pasó volando mientras ella miraba el paisaje fuera del palacio por primera vez. Ignoró a los guardias, que le pidieron que regresara, y estuvo gritando por un poco más de tiempo cuando fue atacada por gente con máscaras. Ante el peligro que experimentaba por primera vez en su vida, su cuerpo se congeló y ni siquiera se le ocurrió escapar antes de que le apuñalaran el estómago.

Cuando se despertó, se dio cuenta de que su bebé se había perdido, y fue a buscar a la chica porque quería compartir la tristeza de haber perdido un bebé. Jieun pensó que como ella también había perdido un bebé antes, ambas podrían compartir la pena y encontrar fuerzas para superarlo juntas.

Sin embargo, el duque Zena le dio una noticia increíble. El culpable era un caballero de la familia Monique, a la que pertenecía la dama, y que esta lo había planeado con su padre.

Ella pensó que era imposible. No habría ninguna razón para que la chica odiara a Jieun después de todo este tiempo, ya que ni siquiera se había enfadado por haberle quitado a su prometido.

Sin embargo, su confianza hacia ella se desmoronó lentamente ante las palabras del duque. Le había explicado lo que había sucedido cuando la chica experimentó un aborto involuntario, y que ella había pensado que Jieun era la causa de su aborto, albergando resentimiento hacia ella.

Sus emociones mezcladas de confianza y sospecha solo se resolvieron cuando Ruveliss visitó el palacio de la reina inferior y casi murió. Era obvio que la chica había provocado todo esto, atacando tanto a Ruveliss como a ella misma, para vengarse de ellos por su aborto.

Si ella no hubiera estado detrás, no la habrían ejecutado, ¿verdad? No había forma de que los otros nobles se quedarían quietos viendo a la familia de la chica destruida cuando su familia era una de las de mayor clase.

Jieun pensaba que Tia debía ser castigada por su crimen. Por eso, había asistido a su ejecución. La chica, quien se comportó con valentía y elegancia incluso mientras la sacaban de la cárcel, hasta sus últimos momentos, no pidió perdón ni se disculpó hasta el final. Jieun estaba en conflicto mientras observaba sus últimos momentos.

La odiaba. Tia había intentado matarse a sí misma y al emperador, y había matado al hijo de Jieun. Sin embargo, al mismo tiempo la respetaba. Incluso en sus últimos momentos, la chica mostró elegancia y confianza, cosas que Jieun no tenía. Y se sintió traicionada.

Ella había traicionado su amistad. Se sintió triste. La chica nunca había mostrado calidez a Jieun ni siquiera una vez.

Había hecho que se sintiera miserable hasta el final. Jieun se había alejado, incapaz de ver la muerte de la chica que siempre la había ignorado.

—Tia, realmente te odio. Me das asco. Me hiciste sentir una sensación de derrota hasta el final, y me hiciste sentir culpable. Te odio por hacerme sentir desesperada.

Así es, te odio.

Te odio por no abrirme tu corazón, por mucho que te admirara y te siguiera, por mucho que te persiguiera, pidiéndote que nos lleváramos como verdaderas hermanas. Te odio por no mencionar ni una sola cosa de lo que pasó aquel día, así como por el hecho de que no habías cometido ningún delito. Por eso, solo me enteré de la verdad mucho más tarde.

Te odio por haberte ido primero, y ahora no puedo disculparme, por mucho que luche por la culpa.

Te odio, porque su amor me está dejando poco a poco, cuando esto era lo único que tenía más que tú. Por mucho que lo intente, nunca podré ser tan buena como tú, y odio que me desespere tanto. Por mucho que lo intente, no puedo llegar a ser como tú, y odio cómo has hecho que tenga que compararme contigo. Si no existieras, no, si te hubieras esforzado solo un poco menos, entonces podría ser feliz con él. Por eso, te odio de verdad.

—Así es, te odio. Yo…

Las lágrimas fluyeron. Estaba enfadada. No podía entender por qué fue arrastrada a este lugar tan extraño y tuvo que sufrir así.

Echaba de menos a su familia. Echaba de menos a las personas que aún recordaba vívidamente cada vez que cerraba los ojos. Quería llorar a gritos mientras enterraba su cara en el abrazo de su madre.

Todo el mundo había dicho que era la Hija de la Profecía, que era amada por Dios, pero ¿cómo es que seguía tan torturada?

—¿De qué sirve todo esto? ¿Para qué sirve este estúpido poder?

Jieun arrancó una flor, y cuando llevó su mano a ella, la rama rota brilló con una luz blanca y se juntó de nuevo con la flor.

No estaba ni un poco agradecida por este extraño poder. Si la iban a bendecir, deberían haberle dado el mismo poder que a esa chica. ¿De qué servía este poder de curación? En este lugar, con el mejor personal médico y un entorno limpio, no había ocasión de enfermar.

El cuerpo de Jieun temblaba mientras miraba el palacio de la emperatriz en la oscuridad. No tenía ningún sitio al que ir excepto allí, pero no podía dar un paso hacia el tenue palacio porque parecía un abismo.

Era evidente para cualquiera que su amor se estaba marchitando. No sabía cómo aferrarse a su corazón y la frustración la estrangulaba. Se sentía perdida ante la verdad de que estaba sola en este mundo sin apoyo.

Estaba resentida con Dios por haberla enviado aquí.

Ella tenía que aferrarse a su corazón, sin importar lo que costara.

Jieun se mostró decidida. Aunque sería bueno devolverle el corazón, tenía que encontrar una manera de asegurarse de que él no pudiera abandonarla. Le preocupaba que si las cosas seguían así, ella sería abandonada como lo fue la reina inferior.

Comenzó a caminar hacia el palacio que estaba atrapado en la oscuridad, con sus ojos brillando con determinación.

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